LA SCALONETA, EL REFUGIO EMOCIONAL DE UN PAÍS

Lo hizo de nuevo. El país se detuvo para volver a creer. Mientras los jugadores batallaban con alma y vida en el césped, en cada punto cardinal de Argentina el tiempo volvió a suspenderse. El sufrido triunfo ante Suiza que sirvió para clasificar a las semifinales del Mundial no hizo más que ratificar que la selección es el vehículo más noble para los habitantes de esta nación. Sobre todo por lo que se vio en las calles tras el partido. No fue solo la celebración de un resultado deportivo. Fue una especie de nueva comunión y mancomunión nacional. Todos se olvidaron por un par de horas de los problemas que los envuelve. Todos encontraron un pasaje de paz interior y emoción en su máxima expresión. En un territorio donde la política se encargó hace de generar brechas y desencantos, la Scaloneta demostró que sigue funcionando como un catalizador de unidad nacional.

Los desconocidos se abrazaron e intercambiaron saludos nuevamente. También cruzaron miradas de alivio. Hasta compartieron sonrisas con la complicidad de quienes llevan la misma sangre albiceleste. Todo fue felicidad una vez más en estas tierras. Todo gracias al fútbol. A la pelota, ese mismo chiche que no discrimina, une.

La gente volvió a ser feliz. Las calles se tiñeron de alegría. Desde las grandes metrópolis hasta los pueblos más periféricos. La rutina diaria, con esa misma lucha incansable para obtener el pan de cada día, o por luchar por el crecimiento y hasta por la simple subsistencia, se vio interrumpida por un paréntesis de euforia nacional.

Lo que se vio en las calles pasada la medianoche no fue solamente la celebración de un resultado deportivo. Para muchos fue el momento más feliz que tuvo en el día. O en la semana.

Nadie pone en tela en juicio que el fútbol es un lenguaje universal. Tampoco que en Argentina se eleva a la categoría casi de religión. En un escenario tan distante como Kansas, la selección comandada por nuestro Leo Messi no solo selló su pase a las semifinales de la Copa del Mundo luego del sufrido pero contundente 3-1 ante Suiza. También reafirmó su rol como el principal motor de felicidad colectiva en una nación que atraviesa tiempos de incertidumbre.

La Scaloneta es mucho más que un grupo de jugadores o un equipo de fútbol. Se graduó en Qatar 2022, pero ya venía siendo un fenómeno social. En este Mundial volvió a demostrar que su brújula moral está calibrada con el corazón. La gente lo percibe y por eso celebra cada partido o reconoce lo que hacen en cancha.

El partido frente a los helvéticos fue una nueva prueba de carácter. Suiza, un rival de ajedrez táctico, obligó a Messi y compañía a navegar por zonas de incomodidad. De sufrimiento. Sin embargo, cuando la adversidad apretó, emergió la resiliencia que caracteriza a este ciclo.

Este plantel sabe sufrir. También se mantiene unido. Y, lo más saliente, entiende el peso de la camiseta que viste. Hay un líder positivo. Y soldados nobles. Por eso la población se identifica con ellos. Lo que esta selección tiene y le sobra, es lo que le falta a la política: humildad, deseos de unidad y de obtener resultados positivos para la gente.

Con el boleto a semifinales en el bolsillo, el horizonte cercano ahora impone un nuevo desafío: Inglaterra (jugarán el miércoles 15 en Atlanta). Para los hinchas se tornó en un desafío que trasciende lo futbolístico.  Y ese también es un condimento extra.

Más allá de todo, hay algo que es palpable a simple vista. Estos jugadores  lograron algo que los estamentos dirigenciales suelen esquivar o directamente no tienen capacidad de hacer: devolverle la esperanza a todos sin prometerla. Lo hicieron simplemente mediante el esfuerzo y una pelota bajo la suela.

Argentina ya estáentre los cuatro mejores del mundo. Y no es un dato menor. Es un logro que invita al disfrute absoluto. El hincha argentino, ese que día tras día enfrenta la dureza de la realidad, hoy tiene permiso para soñar despierto junto a Messi y el resto de la tropa.

La Scaloneta le ofrendó al país una vez más el bien más preciado en tiempos de crisis: la alegría gratuita. Y en este momento histórico, en este rincón del mundo, es precisamente eso lo que cuenta. Se vio en las calles tras el triunfo. También cuando la pelota empieza a rodar. En ambos casos los problemas quedan a un lado. El gran pueblo argentino ratifica que, a pesar de todo, todavía es capaz de unirse por un sueño compartido. La cita en las semifinales es inminente. El mundo nos vuelve a mirar y a juzgar. Pero lo más importante es que nosotros nos estamos mirando a nosotros mismos y todos somos felices.

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