En tiempos de hazañas futbolísticas, la pregunta se dispara recurrente. ¿Podrá la Argentina como país tener una revancha después de tantas frustraciones políticas y económicas?
La selección nacional con Lionel Messi como emblema pasó por momentos traumáticos al no conocer el éxito, hasta que finalmente con renovación, cambios, trabajo, talento y actitud revirtió la historia.
¿Podrá la clase dirigente cambiar definitivamente la matriz política para dejar atrás tantas decepciones y comenzar a edificar los cimientos de una realidad más justa?
Alguno como mecanismo de defensa o justificación dirá que la comparación es un reduccionismo banal, pero no se alude a la magnitud de una transformación, sí a los patrones culturales de una sociedad.
El fútbol tiene la extraordinaria particularidad de mostrar la identidad de una nación sin necesidad de un estudio de ADN. El “ser argentino” que en tantas ocasiones fue definido para elogiar o denostar, en el deporte emerge para explicarle al mundo la épica de un hecho, de un resultado, de algo extraordinario. De un mérito colectivo que en forma espontánea une a todo un país, sin distinciones y con el orgullo a flor de piel.
¿Por qué en cuestiones más trascendentales como lograr una mejor calidad de vida para todos es desde hace mucho tiempo una utopía?
La victoria albiceleste ante Egipto fue ponderada en el mundo por la entrega, el coraje y “el espíritu de lucha argentino”.
Paradójicamente las cualidades que explican un logro deportivo contrastan cuando a muchos extranjeros que visitan a la Argentina les cuesta entender la mala situación social y económica con todos los recursos existentes.
La mala praxis es el diagnóstico más mencionado para explicar la situación.
Es que Argentina sigue sin poder revertir la realidad. A diferencia de lo que sucede en la selección, los sectores políticos en su mayoría siguen militando la frustración porque no se renuevan, no arman equipos, no tienen estrategias colectivas en pos del bienestar general, siguen defraudando a la credibilidad de la gente, carecen de referentes y permanecen en la precariedad ideológica de la grieta.
Lamentablemente esto también forma parte del “ser argentino”.
Es por eso que el desafío es mayúsculo para el país. Hay que imponer un mejor nivel de representación para tratar de que todos, como lo hizo la selección, tengan su tiempo de bonanza. Y así poder celebrar la mayor de las victorias: la de un país mejor.
