¿Qué deja al descubierto lo que pasó en San Cristóbal, cuando un alumno mató a un compañero después de disparar varias veces dentro de la escuela? La respuesta incómoda, es que expone una trama de responsabilidades diluidas, de miradas que esquivan el problema y de adultos que, frente a lo que no comprenden, llegan tarde.
Jugamos al gran bonete.
Los padres, desbordados corremos detrás de la vida cotidiana y el sustento.
Los docentes, cumpliendo con currículas sobrecargadas y sin herramientas materiales ni capacitación para abordar lo que excede los contenidos.
El Estado, sin capacidad de responder a tiempo.
Y así, entre todos, nos pasamos el bonete para no asumir lo que nos toca.
Pero hay algo imposible de nombrar, y por lo tanto, más peligroso: lo desconocido.
Existe hoy un mundo adolescente que no circula por los canales tradicionales. No está en las conversaciones familiares, no siempre es visible en las redes que los adultos conocemos. Se construye en espacios digitales, en códigos propios, en lenguajes que no compartimos. Como advierten investigaciones sobre cultura digital juvenil, ese universo se organiza muchas veces en circuitos cerrados, con reglas propias, que dejan a los adultos afuera. Un submundo que funciona en paralelo y al que no tenemos acceso real.
¿Cómo prever lo que no vemos? ¿Cómo acompañar lo que no entendemos?
Se nos exige estar atentos, pero nadie puede señalar con claridad a qué. Se nos pide acompañar trayectorias, pero ¿quién prepara a los docentes para eso? Se insiste en el rol de las familias, pero ¿cómo ejercerlo en territorios que nos resultan ajenos? Ni padres ni madres, ni tampoco muchos profesionales —incluidos psicólogos— cuentan hoy con los conocimientos necesarios para abordar estos nuevos escenarios. Como señalan los especialistas en educación y cultura digital, la velocidad de los cambios supera la capacidad de adaptación de las instituciones.
Los diagnósticos empiezan a tambalear. Hay estudios que advierten, por primera vez, que la generación adolescente podría no superar en capacidades intelectuales a la de sus progenitores. Tal vez el problema no sean ellos, sino los parámetros con los que seguimos midiendo. Seguimos evaluando con reglas viejas un mundo y un intelecto que ya cambió.
Mientras tanto, el Estado aparece tarde. Y cuando llega, lo hace empujado por la tragedia. En contextos de cambio acelerado, las políticas públicas suelen ir detrás de los problemas y no por delante de ellos. Pero prever es otra cosa: es animarse a leer lo que está pasando antes de que estalle, es reconocer que estamos frente a transformaciones profundas que atraviesan a toda la sociedad.
Si la solución fuera sencilla, ya habría una respuesta clara. Pero no la hay, y esa ausencia también habla de la complejidad del problema. Pero ¿son los adolescentes el problema a resolver o son el emergente de una época?. Han construido un mundo propio, con códigos, lenguajes y formas de vincularse que nos dejan afuera. Negarlo o minimizarlo solo agranda la distancia.
La comunicación, ese puente que nos trajo hasta acá como sociedad, hoy está en crisis. Y de las crisis no se sale repartiendo culpas. Se sale asumiendo responsabilidades.
Porque el gran bonete, además de no resolver nada, también atrasa. Apelar a un juego del siglo XIX para explicar lo que nos pasa hoy no hace más que confirmar todo lo dicho: seguimos explicando problemas nuevos con herramientas viejas. Ningún adolescente lo comprendería. Y mientras insistimos en esa lógica, la realidad avanza y muchas veces, de la peor manera.
