DESAFÍO PARA LA POLÍTICA ACTUAL

A esta altura del siglo XXI existen sobradas muestras del desapego y hartazgo manifiesto entre la ciudadanía y la política, enfocada en las acciones e inacciones de los actores políticos. Existe, además, una disparidad central en el núcleo de la legitimidad política para cada generación.

Los adultos y la fe en las estructuras histórica: Las generaciones mayores, a pesar de aceptar que la política no resuelve sus problemas y que avanza de fracaso en fracaso, mantienen una vinculación con los canales tradicionales, temerosos de que si se formularan cambios a ese esquema, podría afectarse el funcionamiento del sistema democrático. Este pensamiento es razonable y muy aceptable en función de que todos han vivido las etapas más oscuras de argentina a través de diversas dictaduras y ausencia total de democracia. Ven el voto, la militancia partidista y el respeto a la burocracia institucional como los únicos mecanismos válidos de estabilidad institucional. Para ellos, la política ocurre dentro del Estado y aceptan que es de esta manera que debe transcurrir la vida, aunque cada día son más escépticos a la hora de ir a votar. 

Los jóvenes y la política disruptiva: Las generaciones nacidas en la era de la interconectividad muestran un desapego histórico hacia los partidos tradicionales y los pilares históricos que propuso y prometió la política durante los últimos 100 años, referidos a salud, educación, seguridad, etc… Repasando los últimos estudios a nivel mundial, registramos que la juventud a nivel global vota significativamente menos, (situación que no se replica en argentina a raíz de que el voto es obligatorio), pero participa activamente a través de movimientos ciudadanos fluidos, plataformas digitales y el activismo de calle cada vez que pueden opinar sobre una cámara de TV, enfocados en causas específicas, como la anticorrupción, la discriminación, las migraciones positivas o peligrosas, el enfoque de cada programa de gobierno o cuestiones que puedan modificar su vida actual o futura. 

Las demandas de ambos grupos responden a realidades materiales e históricas radicalmente distintas, lo que altera su juicio sobre la eficacia gubernamental.

El adulto evalúa la política según su capacidad de conservar el orden y el bienestar prometido durante decenas de años, mientras el joven la juzga bajo una profunda angustia existencial respecto al futuro: la imposibilidad de acceder a una vivienda, la oferta de empleo precario, la corrupción transversal e infinita entre grupos políticos que prometen soluciones diferentes pero terminan haciendo lo mismo, la incertidumbre sobre el mediano plazo y la broca de que todo es igual, nada es mejor.

Polarización ideológica vs. hartazgo por la representación

La estructura de las identidades políticas también se ha fracturado generacionalmente.

Los adultos suelen estar más polarizados ideológicamente. Sus identidades están ligadas a relatos históricos del siglo XX (izquierda vs. derecha, capitalismo vs. socialismo, Norte vs. Sur, populismo vs. liberalismo). Se sienten más representados por los liderazgos tradicionales de su propio espectro político, asentados en el recuerdo histórico de mejores épocas vividas.

La juventud actual muestra menores niveles de polarización partidista clásica, pero mayores niveles de escepticismo estructural. La percepción es que los jóvenes se sienten profundamente ignorados por las élites gobernantes. No ven diferencias sustanciales entre los partidos tradicionales, lo que los lleva a una desalineación fluida y a un estado permanente de sospecha frente a cualquier discurso oficial, aunque cada vez que adoptan una postura de agresión o defensa hacia un sector, lo expresan con marcada agresividad o descalificación hacia el que piensa diferente. Está claro que estímulos no le faltan, desde lo más alto del poder el insulto, las comparaciones degradantes, la descalificación y la agresión constante hacia el otro, pareciera haberse convertido en la forma moderna de comunicar su concentración hacia todos los demás. 

Existe una grieta cronológica que debería funcionar como advertencia respecto a que la política contemporánea sufre un desfase temporal crónico. El Estado sigue hablando el lenguaje de los adultos en contra de la “casta”, promete “eliminar la corrupción” y utiliza un lenguaje que en la práctica reafirma la permanencia, sostiene instituciones fijas y continúa con los pactos de urnas—, mientras que las nuevas generaciones habitan una realidad de contingencia, redes y urgencia vital. La crisis global no es solo de gestión; es la incapacidad de la arquitectura política para traducir las demandas del futuro que los jóvenes ya encarnan.

La política es la responsable de repensarse, imaginar un esquema de representatividad más eficiente, actuar en función del bien común y no en beneficios sectoriales, interpretar a la ciudadanía y obrar en consecuencia, o bien esperar reacciones explosivas, disruptivas y extemporáneas que serán siempre involutivas.

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