Cada 3 de junio volvemos a las calles. Volvemos porque seguimos contando muertes. Volvemos porque la violencia no para. Pero este año marchamos con la certeza de que el Estado nacional, lejos de protegernos, está desmantelando lo que habíamos construido con luchas.
Corren tiempos en que se habla abiertamente de eliminar el femicidio como figura penal. Como si nombrar el crimen fuera el problema, y no el crimen en sí con un agravante por condición de género. Como si borrar la palabra alcanzara para borrar los cuerpos.
Corren tiempos en que la palabra «género» se pronuncia con desprecio, cargada de una connotación negativa que no es casual ni espontánea: es una operación política. Decir «ideología de género» como insulto es una estrategia. Tiene autores, tiene financiamiento, tiene megáfono.
Mientras tanto, se desarman las políticas públicas que durante años sostuvieron a mujeres en situación de violencia. Se cierran programas. Se desfinancian líneas de ayuda. Se vacían los organismos que existían para que una mujer golpeada, amenazada, perseguida, tuviera adónde ir.
No es ajuste. Es mensaje.
El mensaje es claro: están solas. El Estado no está. Y si se animan a nombrarlo, las van a ridiculizar.
Pero acá estamos. Marchamos igual porque no tenemos otra opción: si no salimos nosotras, nadie lo va a hacer. Aprendimos eso: denunciar que cada programa cerrado, cada línea cortada, cada organismo vaciado tiene el nombre y el apellido de una víctima.
Somos mujeres que volvemos cada año porque otras no pudieron volver.
