Atrás quedó ese River que se jactaba de ser sinónimo de grandeza y solidez. También ese modelo a seguir en gestión. Las últimas temporadas marcan que se consolidó en un club sumido en un caos que evidencia no solo una crisis deportiva, sino también una profunda problemática en su modelo de conducción dirigencial. La institución de Núñez es un cambalache en la actualidad con una directiva desdibujada y ocupada más en silenciar al actual cuerpo técnico y jugadores que realizar un análisis y autocrítica. El poder millonario no se ve en cancha, pero sigue blindado por los medios del poder. Sin embargo, los ojos y bocas de sus hinchas no están tapados porque ellos se mueven por la innegociable pasión.
El panorama que envuelve al millonario es alarmante. Desde la llegada de la nueva dirigencia, encabezada por un Stefano Di Carlo más preocupado por mostrar una fachada de modernidad y expansión como la ampliación del estadio Monumental que por consolidar líneas de liderazgo claras, el club evidencia notable una pérdida de rumbo.
La realidad marca una estrategia de centrarse esencialmente en la publicidad y la imagen. Tal es así que la decisión de Di Carlo de no usar el apellido paterno fue por motivos de marketing. Es que el presidente del millonario es hijo de Yayo Cozza, un personaje mediático argentino que cobró notoriedad en la década de 1990 por su vinculación al conocido caso Cóppola, uno de los escándalos judiciales y televisivos más comentados de Argentina.
A ese combo hay que sumarle la extraña incorporación del español Pablo Longoria como director deportivo. ¿Era necesaria una figura extranjera que desconoce el universo River y que, además, llega con un perfil que parece más orientado a la gestión comercial que a la construcción de un proyecto deportivo serio? Los resultados están a la vista.
Desde marzo de 2024 que en Núñez no se celebra un título. Desde entonces transita entre la sombra y protagoniza una ola de crisis estructural se extiende en cada cancha.
No obstante, hay otro punto que grafica el modelo de manejo institucional. La dirigencia no permite que jugadores y cuerpo técnico dialoguen con los medios, ni participen en conferencias de prensa. Ese es otro claro síntoma de la falta de liderazgo y de una gestión que prioriza la apariencia a la realidad.
En el plano deportivo, la situación también es igual o más preocupante. Eduardo Coudet, que asumió con la esperanza de devolver a River a la senda del éxito, atraviesa su peor momento.
Chacho logró un dato histórico en Núñez: sumar cinco derrotas consecutivas. Central desnudó sus falencias el último domingo, pero en realidad viene siendo un equipo desorientado en su máxima expresión.
En cuanto al plantel hay que destacar que ni las millonarias inversiones como la compra de Ángel Correa por 15 millones de dólares, Tobías Andrada por 6 millones, Rafael Santos Borré, Lucas Beltrán, Mauro Arambarri, Giovanni González y Nicolás Otamendi no logran revertir la tendencia.
Está a la vista que la inversión no se traduce en resultados, y el equipo se convirtió en una murga. En un cambalache que solo refleja la desorientación de una gestión que no sabe hacia dónde va.
