LA FRASE QUE SOBREVIVE A CUALQUIER GOBIERNO

«La casa está en orden.» «A vos no te va tan mal, gordito.» «El 2001 será un gran año para todos.» «No vengo a dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada.» «Proceda.» «No fue magia.» «Pasan cosas.» «No se inunda más.» «Prefiero tener 10% más de pobres y no 100.000 muertos.» «No hay plata.» «Síganme, que no los voy a defraudar.» «La convertibilidad va a durar por los siglos de los siglos.» «La Argentina es un país condenado al éxito.»

Trece frases, ocho presidencias, cuatro décadas. Ninguna fue escrita por un equipo de comunicación pensando en la posteridad: se dijeron al pasar, en un discurso, una recorrida o una conferencia de prensa, y sin embargo son hoy lo que más queda de cada gestión. ¿Por qué una frase suelta logra lo que un plan de gobierno entero no consigue? ¿Por qué se instala en la memoria colectiva y queda disponible para que cualquiera la use, incluso después de que se disolvió el contexto que la originó?

La historia política argentina se narra según qué recorte se elija: cada análisis prioriza ciertos parámetros, y de esa elección depende qué queda en primer plano y qué se pierde. Lo único que escapa a ese recorte, lo que la sociedad entera comparte sin necesidad de acuerdo previo, son esas frases icónicas. Perduran, se repiten fuera de contexto, y muchas terminan transformándose en meme: la forma contemporánea de la memoria colectiva que resume una época en apenas unas palabras.

Alfonsín dejó dos marcas bien distintas. La primera, el alivio hecho lenguaje en 1987, la garantía pública de que la democracia recién recuperada había resistido otra prueba: «La casa está en orden». La segunda, improvisada frente al reclamo de un militante hambreado, se recuerda hoy como el costado más frágil de esos años, el de un gobierno que no siempre encontró el tono para hablarle a la crisis social: «A vos no te va tan mal, gordito». 

De Fernando de la Rúa se recuerda menos un logro que una promesa fallida, dicha meses antes del estallido de 2001: «El 2001 será un gran año para todos» funciona hoy como una ironía involuntaria, la frase que resume el desfasaje entre el discurso oficial y lo que realmente se venía.

«Proceda.» Néstor Kirchner condensó en esa sola palabra —la orden para bajar los cuadros de los dictadores del Colegio Militar— un gesto simbólico que definió buena parte de su identidad política, y en otra frase un cambio de estilo que se sintió antes de verse en los hechos. 

Cristina Fernández de Kirchner cerró dos mandatos con apenas dos palabras, «No fue magia», una síntesis pensada para instalar que los resultados de esa etapa fueron decisión política y no casualidad, y que todavía se cita, a favor o en contra, cada vez que se discute ese período.

Mauricio Macri quedó asociado a «pasan cosas», la frase que muchos leyeron como la confesión involuntaria de una gestión desbordada por la economía, aunque también dejó el grito eufórico de una obra pública que sí llegó a sentirse en el territorio: «No se inunda más». 

Alberto Fernández atravesó la pandemia con «prefiero tener 10% más de pobres y no 100.000 muertos», una frase que buscó justificar el costo económico del confinamiento y que, a la larga, lo dejó fuera de toda pretensión política. 

Javier Milei instaló tres palabras, «no hay plata», como eje de un discurso de asunción y de un modelo de gestión entero, que reemplazaron cualquier plan detallado como forma de anticipar el ajuste que venía.

Más atrás, Carlos Menem dejó el lema de una época de promesas grandilocuentes, «síganme, que no los voy a defraudar». Domingo Cavallo quedó ligado a una frase que hoy suena a advertencia sobre los límites de cualquier certeza económica: «la convertibilidad va a durar por los siglos de los siglos». Y Eduardo Duhalde resumió el clima de 2002, un optimismo forzado en medio de la crisis más profunda, con «la Argentina es un país condenado al éxito».

El semiólogo argentino Eliseo Verón dedicó buena parte de su obra a estudiar cómo el discurso político construye lo que llamó entidades del imaginario político: esos colectivos de identificación en los que una sociedad se reconoce o se enfrenta. Una frase lograda funciona así, como un punto de condensación donde ese imaginario se fija y se vuelve reconocible para todos, más allá de que cada uno la lea desde un lugar distinto. Por eso estas frases no necesitan que se recuerde el contexto que las originó: ya se independizaron del momento político que las produjo y pasaron a formar parte de un repertorio compartido.

Los años de cada gestión dejan huellas distintas según a quién se le pregunte: para algunos, una obra que se terminó cerca de casa; para otros, un crédito hipotecario o un beneficio jubilatorio que llegó o que se perdió. Esas marcas son parciales, dependen de la proximidad y el beneficio de cada uno. Las frases, en cambio, no: son el único patrimonio repartido por igual entre todos, más allá de lo que cada gestión haya dejado o no en la vida concreta de cada argentino.

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