Hay algo que la política argentina debería recuperar: la capacidad de ponerse de acuerdo cuando el problema de la gente lo exige.
En tiempos en los que se repite que los políticos son incapaces de dialogar, que todo se reduce a la pelea y que los gobiernos no pueden ponerse de acuerdo con quienes piensan distinto, hay un ejemplo concreto que merece ser destacado. Y también, por qué no, imitado.
En la Ciudad de Buenos Aires ocurrió algo interesante: Leandro Santoro, legislador opositor al jefe de Gobierno Jorge Macri, impulsó una propuesta para aliviar el endeudamiento de las familias porteñas. Y, en lugar de convertir la iniciativa en una nueva batalla política, ambos decidieron trabajar en conjunto para encontrar una solución.
El objetivo es concreto: ayudar a familias que están asfixiadas por las deudas.
La propuesta alcanza a personas domiciliadas en la Ciudad que tengan deudas originadas en tarjetas de crédito o préstamos personales otorgados por entidades financieras, con atrasos de al menos 60 días. Además, contempla a grupos familiares cuyos ingresos mensuales sean inferiores a diez Salarios Mínimos, Vitales y Móviles, aproximadamente 3,5 millones de pesos.
El programa establece una tasa nominal anual fija máxima del 35% y un plazo mínimo de devolución de 24 meses. Ya son diez los bancos que se sumaron a este Programo, nueve bancos privados más el Banco de la Ciudad.
Puede discutirse si alcanza, si debería ser más amplio o si existen otras herramientas para enfrentar el problema. Pero hay algo que resulta indiscutible: es una mejora frente a la situación actual y demuestra que, cuando existe voluntad política, se pueden buscar soluciones concretas.
Y acá está, para mí, la enseñanza más importante. Uno es del PRO. El otro es un legislador opositor. Sin embargo, pudieron sentarse en una misma mesa y trabajar sobre un problema que no tiene ideología: una familia endeudada que no llega a fin de mes.
Porque detrás de una tarjeta de crédito impaga, de un préstamo que se refinancia una y otra vez o de una tasa que se vuelve imposible de pagar, no hay solamente números en una planilla. Hay personas. Hay trabajadores. Hay familias que viven con la angustia de no saber cómo salir de una deuda que crece todos los meses. A su vez, existen otras consecuencias muy perjudiciales, como tomar deuda en el circuito informal, donde la incobrabilidad tiene otros códigos.
Y esto también nos deja una discusión más profunda: ¿para qué queremos la política?
Si la política solamente sirve para discutir quién tiene razón, para insultarnos o para señalar al adversario, pierde su sentido. La política tiene que servir para transformar la realidad.
Y eso implica también reivindicar el rol del Estado. Porque cuando una familia está sobreendeudada, el mercado por sí solo no necesariamente encuentra una solución. La teoría que nos señala que la mano invisible del mercado ajusta y resuelve es teoría. Por ello, se necesita un Estado que intervenga, ordene y genere una alternativa para que esa familia pueda recuperar su capacidad de pago y, sobre todo, su tranquilidad.
No se trata de negar el mercado. Se trata de entender que el mercado no puede ser la única respuesta cuando hay una crisis que golpea a personas de carne y hueso.
El Estado tiene que estar para equilibrar, proteger y encontrar soluciones cuando las reglas existentes no alcanzan.
Por eso creo que este caso merece ser contado. No porque Santoro tenga razón en todo. No porque Macri tenga razón en todo. Sino porque dos dirigentes que piensan distinto encontraron un punto de acuerdo para resolver un problema concreto. En una Argentina cansada de la confrontación permanente, también tenemos que aprender a reconocer estas situaciones.
Porque quizás la política no necesite menos diferencias. Necesita más capacidad para ponerse de acuerdo cuando la gente necesita que resolvamos sus problemas.
Este es un ejemplo para elogiar, y, sobre todo, para imitar.
