Cada 2 de septiembre, la Argentina conmemora el Día de la Industria Nacional. La fecha recuerda 1587, cuando la carabela San Antonio partió rumbo a Brasil con tejidos, frazadas, sombreros y sacos de harina producidos en nuestro territorio. Pero aquel primer hito también estuvo marcado por una contradicción que parece atravesar nuestra historia: entre los sacos de harina viajaban clandestinamente barras de plata provenientes de Potosí.
439 años después, cambiaron las formas, pero la discusión vuelve a aparecer. Ya no hay carabelas ni plata escondida entre bolsas de harina: hay aviones de carga, lingotes de oro y reservas del Banco Central trasladadas al exterior. Mientras parte de nuestra riqueza cruza las fronteras, otra —la que generan nuestras fábricas, trabajadores y PyMEs— se deteriora puertas adentro.
Santa Fe es un caso testigo. Más de la mitad de los puestos de trabajo registrados que la provincia perdió entre noviembre de 2023 y mayo de 2026 corresponden a la industria manufacturera. En ese período, la producción industrial santafesina cayó un 14,9% interanual y ya son más de 11.000 los trabajadores que perdieron su empleo en el sector. Al mismo tiempo, más de 400 empresas manufactureras atraviesan situaciones críticas.
Esto no es un hecho aislado, es el resultado de un modelo económico que combina apertura indiscriminada de importaciones, pérdida de poder adquisitivo, crédito inaccesible y un fuerte aumento de los costos energéticos. Cuando una fábrica cierra, no desaparece solamente una empresa, se pierden empleos, se deterioran los ingresos de las familias y se rompe una trama de proveedores, oficios y conocimientos construida durante décadas. Esa capacidad productiva no se recupera simplemente abriendo el mercado a las importaciones.
Por eso, la discusión no es solo sobre déficit o reservas. Es sobre qué país queremos construir. Hace cuatro siglos estaba en juego si nuestra riqueza iba a extraerse para salir del territorio o si íbamos a producir y agregar valor. Hoy la pregunta vuelve a ser la misma: ¿vamos a exportar recursos e importar productos terminados, o vamos a producir, industrializar y generar trabajo y conocimiento argentino?
La soberanía productiva no significa cerrarnos al mundo. Significa integrarnos desde una posición de fortaleza, exportar con valor agregado, sostener nuestras empresas, desarrollar tecnología y garantizar que el crecimiento genere trabajo. Significa tener capacidad para decidir qué producimos, cuánto valor agregamos y qué lugar ocupan nuestros trabajadores y nuestras empresas en ese proceso.
Argentina y Santa Fe tienen con qué hacerlo. Tenemos industria, campo, ciencia, tecnología, universidades, trabajadores calificados y una enorme capacidad exportadora. Lo que falta es una política económica que entienda que producir no es un costo, que el trabajo no es una variable de ajuste y que la industria es una condición para construir soberanía.
Por eso, el 2 de septiembre no puede ser solo una fecha para recordar aquella primera exportación. Tiene que servir para preguntarnos qué estamos haciendo hoy con la capacidad productiva que supimos construir. Porque abrir las puertas a las importaciones mientras se desmantela la industria no es modernizar la Argentina, es resignar capacidad para decidir sobre nuestro propio futuro.
Sin producción no hay trabajo. Sin trabajo no hay desarrollo. Y sin desarrollo, no hay soberanía.
