EL VALOR POLÍTICO Y PEDAGÓGICO DE UNA PREGUNTA 

En la vida escolar ocurre con frecuencia: se cambia una regla, se aplica una sanción o se reorganiza una actividad y aparecen consecuencias no previstas. Frente a esa lógica de actuar primero y pensar más tarde, hay una expresión simple que puede cambiar el enfoque: ¿y si…? Se trata de un ejercicio de anticipación; una herramienta que obliga a pensar en consecuencias antes de actuar.

Para quienes enseñan y para quienes toman decisiones introducir el “¿y si…?” en el aula o en la gestión implica abrir escenarios posibles, evaluar impactos y, sobre todo, asumir que toda decisión tiene efectos concretos sobre otros.

En educación, preguntarse “¿y si…?” permite correrse del automatismo. ¿Y si… este estudiante no aprende porque el formato no lo incluye? ¿Y si… la evaluación no refleja lo que sabe? ¿Y si… la norma que ordena también excluye? Son interrogantes que desplazan la responsabilidad exclusivamente individual y obligan a revisar prácticas, dispositivos y criterios.

El pedagogo Paulo Freire sostenía que “enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su producción o construcción”. En esa línea, el “¿y si…?” funciona como una apertura: habilita a pensar alternativas y a reconocer que lo dado no es inmodificable.

En las decisiones ministeriales ocurre algo similar. Gobernar sin proyectar escenarios es administrar inercia. ¿Y si… una medida profundiza desigualdades? ¿Y si… una regulación llega tarde? ¿Y si… lo urgente desplaza lo importante? Incorporar estas preguntas no debilita la decisión; la fortalece. La vuelve más responsable.

Además, el “¿y si…?” introduce una dimensión ética: obliga a considerar al otro. No como abstracción, sino como sujeto afectado por cada decisión política, por cada norma, por cada práctica educativa. En ese sentido, no se trata solo de eficiencia, sino de justicia.

Docentes y autoridades comparten un punto en común: ambos trabajan sobre realidades complejas donde cada acción tiene impacto colectivo, aunque desde responsabilidades distintas. Mientras unos lo hacen en el vínculo cotidiano con estudiantes y comunidades, otros intervienen desde la planificacion, la conducción y la ejecución de decisiones políticas. Por eso, institucionalizar esta pregunta —en la planificación, en la evaluación y en la definición de medidas— puede marcar una diferencia sustantiva.

No alcanza con hacer. Es necesario prever. No alcanza con decidir. Es necesario comprender a quiénes alcanzan esas decisiones y de qué modo. El “¿y si…?” no es una duda: es una herramienta de responsabilidad.

Y cuando esas preguntas se formulan a tiempo, muchas veces la respuesta aparece sola: incluir más, escuchar mejor, corregir antes, llegar a tiempo y decidir con mayor justicia. Porque detrás de cada “¿y si…?” hay una oportunidad concreta de hacer las cosas mejor.

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