EL NAUFRAGIO DETRÁS DE CADA PANTALLA

_»Cuando se inventa el barco, también se inventa el naufragio; cuando se inventa el avión, también se inventa el accidente aéreo; y cuando se inventa la electricidad, también se inventa la electrocución. Toda tecnología lleva consigo su propia negatividad, que nace al mismo tiempo que el progreso técnico.»_

La frase de Paul Virilio resume una verdad incómoda: cada avance tecnológico resuelve un problema, pero también crea uno nuevo. No existe innovación sin consecuencias. Y ese es, quizás, el enorme aprendizaje que deja Toy Story 5. La película no enfrenta a los juguetes tradicionales con la tecnología. Nos enfrenta a nosotros, los adultos, con una pregunta mucho más difícil: ¿Qué estamos perdiendo mientras celebramos todo lo que la tecnología nos permite ganar?

Durante años medimos el progreso por la capacidad de incorporar pantallas cada vez más temprano. Naturalizamos y celebramos que un niño tenga un celular antes de aprender a esperar, una tablet antes de descubrir el aburrimiento o un dispositivo inteligente antes de inventar un juego. Como sostiene Lucas Raspall, el aburrimiento no es un problema que deba resolverse de inmediato: es el lugar donde muchas veces nacen la creatividad, la imaginación y la autonomía.

Casi nunca nos preguntamos qué naufragio acompaña ese barco.

No se trata de demonizar la tecnología. Sería un error tan grande como negarla. El desafío es otro: reconocer que cada herramienta modifica la manera en que vivimos, jugamos, aprendemos y nos relacionamos.

Los padres solemos justificar muchas decisiones con una frase que ya parece automática: «Si todos lo tienen, ¿por qué mi hijo no?». Detrás de esa pregunta suele esconderse un miedo profundamente adulto: que nuestros hijos queden afuera.

Pero hay otra razón de la que hablamos mucho menos. La tecnología también nos devuelve tiempo. Nos permite trabajar, cocinar, responder mensajes o, simplemente, seguir scrolleando. El riesgo aparece cuando ese tiempo que ganamos deja de convertirse en tiempo compartido con nuestros hijos.

La exclusión que más debería preocuparnos quizás sea otra: perder la imaginación, la capacidad de razonar o crear sin una pantalla, de aburrirse sin buscar un botón que resuelva ese vacío. Nunca hubo tantos juguetes inteligentes. Toy Story 5 recuerda que un juguete nunca fue solamente un objeto. Fue una excusa para inventar mundos. Y la imaginación siempre necesitó menos tecnología de la que creemos.

Virilio no rechazaba el progreso. Nos invitaba a pensar en sus efectos. A comprender que cada conquista exige responsabilidad. Que cada innovación merece una pregunta antes que un aplauso.

Tal vez esa sea la conversación que vale la pena tener cuando salimos del cine. No sobre si los juguetes tradicionales son mejores que los tecnológicos, sino sobre qué lugar queremos que ocupe la tecnología en la infancia que nosotros formamos. Porque la tecnología seguirá avanzando. 

Lo verdaderamente importante será enseñarles a nuestros hijos —los padres que algún día nos sucederán— que el progreso no consiste en incorporar toda innovación, sino en aprender a distinguir cuáles mejoran nuestra vida y cuáles, silenciosamente, nos alejan de aquello que nunca debería perderse.

Si logramos dejarles esa capacidad de discernir, habremos hecho mucho más que enseñarles a usar la tecnología: les habremos enseñado a convivir con ella sin renunciar a aquello que nos hace humanos. Y, cuando les toque ocupar nuestro lugar, también a ejercer con responsabilidad la tarea de formar a quienes vendrán después.

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