Hay una larga historia del uso que hicieron los gobiernos de los grandes eventos deportivos para distraer a la sociedad de los problemas políticos, económicos y sociales.
En los países futboleros por excelencia, los mundiales siempre fueron utilizados por dictaduras y gobiernos democráticos para camuflar realidades. Y tomar decisiones antipopulares capitalizando para sus intereses el fervor masivo que solo el deporte puede generar.
Pero con el tiempo el entretenimiento fue perdiendo ese factor anestésico, pero no por el fútbol sino por la magnitud de las crisis sucesivas.
Hoy el gobierno nacional enfrenta una tormenta política en torno al Adornigate, en la que el jefe de gabinete Manuel Adorni dio muestra de su precariedad ética protagonizando un bochorno.
Viajes, préstamos, crecimiento patrimonial, y hasta tratamientos odontológicos, forman parte de un sainete que pega en la línea de flotación de un gobierno que llegó supuestamente para terminar con la corrupción estructural.
La necedad y el cinismo se conjugan en la continuidad del funcionario, que no renuncia y tampoco es despedido.
Este escándalo no justifica lo robado antes, pero sí es un indicador que la corrupción continúa. No se discute la magnitud, lo que se denuncia es la falta de honradez.
Sumado a esto, el derrumbe del consumo pone en jaque a los resultados positivos de la macroeconomía que el presidente Javier Milei propaga. Es muy difícil comprender esa ecuación que algunos analistas expresan de que el país está mejor aunque aún no haya derrame. Extraña disociación económica que hacen entre el país y su gente.
Es por esto que no hay efecto futbolístico que pueda hacer olvidar los problemas socioeconómicos y políticos. Ni siquiera las maravillas de Lionel Messi oxigenan las dificultades de Milei.
El fútbol tiene la magia de lo impensado, y contagia la alegría de la pertenencia, y fortalece el orgullo del ser argentino.
Pero lamentablemente para ese sentimiento compartido la política carece de un Messi. No exhibe tampoco la solidez de un equipo. Ni la inteligencia de un estratega como Scaloni.
Mientras Argentina gana en el torneo ecuménico, pierde en la cotidianidad. Es que con el Mundial no alcanza para resolver las necesidades de la gente.
