Apenas un vocero. Eso fue Adorni. Ni siquiera pudo convertirse en periodista. Pese a que en sus conferencias de prensa trató de enseñar a serlo. Claro que desde su estrado de petulancia omitió ciertos valores para ser lo que pretendía: un celador de la verdad.
Apenas un funcionario. Eso es Adorni. Un alfil del gobierno nacional que de repente se convirtió en peón. Aquel que comenzó intentando ser un paladín de la ética y sucumbió en la inmoralidad que el poder reserva para los hipócritas.
Apenas un mediocre. Eso es Adorni. Porque a contramano de los supuestos principios libertarios fue casta, a imagen y semejanza de lo que denostaban.
Apenas un farsante. Eso es Adorni. Alguien que creyó ser príncipe en un carruaje mágico y que se convirtió en calabaza. Y terminó formando parte de esa legión de políticos corruptos a la que él señalaba.
El periodismo que él denostó es el mismo que cuando lo investigó lo descubrió en su impudicia. Y fiel al estilo de los cínicos de la transversalidad política, optó por el menosprecio a quienes preguntaban con una respuesta deleznable: “Sos apenas un periodista”.
El gobierno de Milei, a imagen y semejanza de aquellos que fueron castigados por el electorado por la corrupción, trata de sostener a Adorni casi con los mismos argumentos de aquellos que hartaron a la sociedad por sus delitos.
Pero Adorni, apenas una muestra más de la impudicia del poder, es un emergente de lo que el país debe prescindir. Un fariseo de la política.
Firmado: apenas un periodista.
