¿EL MUNDO EXPLOTA?

La reconfiguración geopolítica del mundo supone que será un proceso largo y complejo, que hoy atraviesa una de sus etapas más inestables e inciertas desde el final de la Guerra Fría (período que se inició en 1989 después de la caída del muro de Berlín y diciembre de 1991 con la disolución oficial de la Unión Soviética).
Todo transcurre bajo la amenaza de enfrentamientos armados, persistentes y escalables, la profundización de rivalidades entre las grandes potencias, el fantasma de un agravamiento por una eventual crisis climática que podría devastar varias zonas del planeta, y transformaciones tecnológicas aceleradas que están redefiniendo como serán las relaciones internacionales en el mediano plazo.
La hipótesis más razonable sugiere que aun tomando en cuenta los movimientos diplomáticos y militares para mitigar sus efectos colaterales, estas tensiones globales tendrán un impacto directo y profundo en la vida cotidiana de miles de millones de personas.
En el mediano plazo, los efectos sociales de esta realidad, imperceptible en el día a día pero acumulable en el tiempo, prometen ser uno de los mayores desafíos para los Estados, las sociedades y las personas.
El fenómeno que podemos observar es la preocupante fragmentación del orden internacional al que estábamos acostumbrados durante los últimos 35 años. Aparece muy marcada la competencia estratégica entre Estados Unidos y China, que habilita a la vez el resurgimiento de Rusia como actor militar agresivo, y que promueve la creciente autonomía de potencias regionales que han debilitado los mecanismos multilaterales, las que durante décadas funcionaron como amortiguadores de diversas crisis regionales.
Esta fragmentación reduce la capacidad de acción colectiva que podrían implementar los organismos multilaterales, por la existencia de graves problemas globales y que traslada el costo de la incertidumbre e inestabilidad a las poblaciones civiles de todo el planeta.
Es posible que nos estemos acostumbrando a pensar que la realidad actual de confrontación, guerras y crisis constantes es inevitable, aunque debemos señalar que las guerras y conflictos prolongados seguirán siendo una fuente directa de crisis sociales cada vez más profundas.
Las muertes y la destrucción son inevitables y muy dolorosas en cualquier escenario de guerras, puesto que es el resultado más inmediato que se produce, pero no es el único daño que generan estos procesos violentos de cambio.
Los efectos posteriores producen focos de pobreza y grandes desplazamientos masivos de población. En el mediano plazo, el aumento de refugiados, exiliados y migrantes desahuciados tensionará los sistemas de salud, seguridad, educación y empleo, tanto en los países de origen como en quienes los reciban.
Esta no es sólo una hipótesis alocada, sino la recopilación de datos históricos con sustento en lo que ocurrió en la post guerra de los Balcanes, el efecto de la disolución de la Unión Soviética y la expulsión hacia Europa de ciudadanos de los nuevos países del este o la migración constante que generan las guerras internas que ocurren en países de África.
Lo esperable ante ese eventual nuevo escenario es que aparezcan discursos xenófobos, polarización política, aniquilamiento de la diversidad de ideas y el triste debilitamiento de la cohesión social, especialmente en regiones que ya enfrentan grandes desigualdades estructurales.
Si aceptamos que la situación actual deriva de la disputa para concentrar la expropiación y explotación de bienes como la energía, los recursos naturales estratégicos (gas, petróleo, minerales críticos) y los alimentos (fundamentalmente granos), debemos asumir que en el momento en el que finalice este proceso de reconfiguración geopolítica, habrá muchos países totalmente expuestos a shocks externos que deberán soportar sanciones económicas, bloqueos comerciales o conflictos puntuales en zonas determinadas. Y que pueden profundizar el proceso inflacionario que está viviendo el mundo y encarecer bienes básicos, realidades que generan reacciones atendibles en la población.
En el mediano plazo esto se traduce en un aumento del costo de vida, inseguridad alimentaria y mayor pobreza, afectando con especial dureza a las clases medias y bajas.
El malestar social que surge de estas presiones económicas suele derivar en protestas, incertidumbre, inestabilidad política y desconfianza hacia las instituciones.
La erosión de la confianza en las instituciones democráticas es, quizás, uno de los efectos sociales más preocupantes del actual contexto geopolítico.
Si bien sostengo, como ya lo expresé en otras columnas, que es necesario modificar o actualizar diferentes aspectos de la democracia moderna para mejorar su funcionamiento y hacerla más eficaz y eficiente, deseo que nunca nos rindamos ante la posibilidad de perder este sistema de gobierno.
Debemos estar atentos a los cambios que se producen cada día en el mundo y mantenernos informados a través de medios no tradicionales. Tomemos en cuenta que la desinformación se utiliza como herramienta de influencia por actores estatales y no estatales que debilita el debate público y polariza a las sociedades.
En un mundo marcado por crisis recurrentes provocadas de manera irresponsable por los dirigentes de turno, esta pérdida de confianza puede llevarnos al auge de liderazgos autoritarios que prometen orden y seguridad a costa de derechos y libertades, (estamos en presencia de varios ejemplos a nivel mundial, incluyendo a la Argentina), que indudablemente profundizarán tensiones internas, conflictos sociales y nuevas crisis.
Estoy convencido de que la geopolítica que podemos avizorar hoy no es un fenómeno lejano ni abstracto. Las consecuencias sociales ya se están gestando y se manifestarán con mayor fuerza en el mediano plazo. Si el escenario actual se mantiene, habrá un incremento de la desigualdad, crecimiento de migraciones forzadas, más pobreza, polarización de la sociedad y un preocupante debilitamiento institucional.
De nosotros dependerá que afrontemos estas amenazas exigiéndole a todos los gobernantes que impulsen estrategias diplomáticas y económicas eficaces, políticas sociales que contengan a los ciudadanos, desarrollen políticas en su propio territorio y que rediseñen modelos de cooperación internacional efectiva. De lo contrario, el costo de un mundo cada vez más fragmentado recaerá, como tantas veces en la historia, sobre los sectores más vulnerables de la sociedad.
Graficar un escenario posible con vistas al mediano plazo, me lleva a pensar en la erupción del Monte Etna – Sicilia en Julio de 2001. “Fue un evento complejo y altamente explosivo que duró muchos días. Se caracterizó por ser una erupción excéntrica, con magma surgiendo desde fisuran laterales en lugar de salir por la cima o cráter del volcán”.

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