FUEGO Y CENIZAS: CUANDO LA FICCIÓN DEJA DE SER METÁFORA

Mientras en el cine sigue en cartel Avatar: Fuego y Cenizas, las cadenas nacionales de noticias muestran el ecocidio en la zona de Epuyén. Dos imágenes distintas; un mismo incendio. El fuego que en la pantalla arrasa la selva de Pandora arde, con la misma ferocidad, en la Patagonia argentina.

En la película de James Cameron, el fuego representa a una humanidad que avanza sin freno, que arrasa lo que no comprende y convierte todo en ganancia. En Epuyén, ese fuego tiene nombre, tiene consecuencias y deja marcas irreversibles: hectáreas quemadas, familias desplazadas, bosques reducidos a cenizas. En ambos casos, el incendio es producto de decisiones humanas. Nada de esto es azar.

Las cenizas en Avatar son duelo, perdida y repetición. Son la prueba de un ciclo de violencia que insiste. En Epuyén, las cenizas cubren la tierra y son la marca del abandono estatal que denuncian vecinos y especialistas, del desfinanciamiento del Plan Nacional de Manejo del Fuego y de las sospechas cada vez más firmes sobre incendios intencionales ligados a la especulación inmobiliaria. Donde hay cenizas, casi siempre hubo desidia o codicia.

Avatar: Fuego y Cenizas pone en el centro una idea incómoda: cuando la vida se transforma en mercancía, la destrucción avanza. “Los que vienen del cielo” encarnan esa lógica de dinero y poder sin conciencia. Pandora deja de ser hogar y se vuelve botín. En Epuyén, la tierra también es vista como oportunidad de negocio. El bosque estorba. El fuego “limpia”. Y la pregunta que duele es siempre la misma: ¿cuánto vale un bosque?, ¿cuánto vale una vida?

La película enfrenta dos formas de habitar el mundo. Los Na’vi viven en vínculo, respeto y equilibrio. Los humanos llegan a dominar, extraer y controlar. En la Patagonia, esa tensión está viva. Hay comunidades completas que cuidan el bosque porque ahí está su historia y su futuro. Y hay intereses que lo reducen a tierra disponible. Naturaleza o mercancía. Vida o negocio. No es una discusión abstracta: es una elección política y ética.

Cameron vuelve a poner el foco en el núcleo del problema: el ego humano. La ambición desmedida rompe el pacto con la vida. En Epuyén, ese pacto quebrado se manifiesta en la falta de prevención, en los recursos que nunca alcanzan y en las respuestas que llegan cuando ya es tarde. Cuando manda la codicia, el fuego avanza. Cuando el Estado se corre, la tragedia ocupa su lugar. Decir que no hay planeta B y que cuidar la casa común ya no alcanza: sin decisiones políticas, sin control y sin un Estado presente, esas frases se vacían de sentido.

Los rosarinos sabemos lo que significan los incendios intencionales porque lo vivimos durante años en las islas entrerrianas: el humo permanente, la impunidad, la sensación de que el fuego siempre corre más rápido que la justicia. Por eso investigar, identificar y sancionar a los responsables es una deuda urgente para poner fin al ecocidio y al fuego como herramienta de negocios. 

La búsqueda de beneficio económico a costa de la naturaleza —esa lógica de dinero y destrucción— no solo arrasa bosques. También arrasa valores, comunidades y sentido. Avatar lo cuenta desde la ficción. Epuyén lo muestra en carne viva. Mirar para otro lado sería, una vez más, elegir las cenizas.

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