El fútbol tendrá que aprender a vivir sin Messi. Nosotros también

Llegó ese día que nadie quería imaginar. La noche del martes 6 de octubre pasó a formar parte de nuestra eterna nostalgia. Lionel Messi le puso punto final a su hermosa historia con la selección argentina. No alcanza con decir adiós. Hay que dar la gracias por haberlo visto caer y levantar como un gran líder en muchas batallas. Por verlo feliz. Por ser simple. El Monumental lo despidió entre lágrimas. Pero no lloró solamente Argentina. Lo hizo el mundo. El fútbol tendrá que aprender a vivir de ahora en más sin Leo. Nosotros también. Y eso ya duele.

Hay despedidas que calan hondo. Que representan el cierre de un vínculo. Leo ya no defenderá más la camiseta que más siente en su corazón. Aunque todavía cueste decirlo en voz alta y hasta resulte extraño pensar en una Argentina sin el 10, la realidad es que el fin de la era Messi sacudió a todo el planeta.

Durante más de dos décadas millones de personas encontraron en un zurdo rosarino una sencilla razón para sentarse frente a un televisor, abrazarse con un desconocido en una cancha o bar simplemente para celebrar un gol de la Pulga, que más que Pulga pareció siempre un extraterrestre.

Incluso, hasta lloraron muchos que alguna vez dijeron no entender demasiado de fútbol, pero que aprendieron a mirarlo simplemente porque estaba Messi. Durante 21 años, Leo nos regaló algo mucho más grande que goles, títulos, gambetas y asistencias. Nos regaló recuerdos que quedaron grabados a fuego en nuestras vidas.

Es imposible no recordar dónde estábamos cuando convirtió un gol que marcó un partido o nuestro momento. O con quién vimos las tres finales que jugó. O quién abrazamos cuando levantó la Copa en Qatar 2022. ¿Quién no recuerda su felicidad en la noche de Qatar?

Messi se metió en la memoria y corazón de varias generaciones. Y ahora se fue de la selección. Se fue el campeón del mundo. El capitán. El 10. Ese futbolista que desde su inicio en Abanderado Grandoli pareció pertenecer a una dimensión diferente. A otra galaxia.

Pero, sobre todo, se fue Messi. Ese que sentimos como propio. Ese pibe de zona sur que terminó conquistando cada rincón del planeta. Ese mismo que logró algo único en toda la humanidad: unir a religiones y políticos en un festejo.

Ante Benín fue una noche que ya forma parte de la historia. Y como no podía ser de otra manera, Leo volvió a hacer lo que hizo tantas veces: regalarnos un gol más. Como si supiera que necesitábamos otro recuerdo para empezar a despedirlo.

Fueron 21 años de magia. De fútbol en alta definición. De verlo intentar, caer, levantarse, insistir y finalmente alcanzar aquello que tanto había buscado. Y lo hizo siendo Messi. Sin cambiar.

Con esa inmensa humildad. Con esa misma sonrisa tímida. Con esa manera tan particular de hablar, de caminar, de jugar y de disfrutar la pelota. Quizás por todo eso es que su despedida duele tanto.

O tal vez porque sabemos que no habrá otro igual. Podrán aparecer grandes futbolistas. O surgir nuevos talentos. Algún día habrá otro que vista la camiseta número 10. Pero hay números que no se reemplazan. Historias que no se repiten. Leo es irreemplazable.

Por eso, el número 10 debería quedar archivado algún día de la selección. No por falta de jugadores capaces de vestirlo. Sino por respeto a una historia que excedió al fútbol.

Leo no solamente ganó partidos. Marcó una época. Marcó a millones de argentinos. A millones de hinchas alrededor del mundo. Nos enseñó que el talento puede convivir con la humildad. Que se puede ser el mejor y seguir siendo uno más. Que se puede caer muchas veces y volver a intentarlo. Y nos enseñó algo todavía más difícil: que hasta los mejores tienen que despedirse.

La selección argentina ya no será igual. Será difícil mirar un partido y no buscarlo. Será extraño que no esté el 10 esperando la pelota. Será raro no imaginar que, en algún momento, puede aparecer una zurda, una gambeta, un pase imposible o un gol que cambie todo. Lo vamos a extrañar.

De hecho, ya lo estamos extrañando. Porque Messi no se fue solamente de la selección. Se fue de una parte de nuestras vidas. Y quizás eso sea lo más difícil de aceptar.

Durante 21 años tuvimos el privilegio de verlo. De discutirlo. De criticarlo. De defenderlo. De emocionarnos con él. De sufrir con él. De llorar con él. De celebrar con él. Gracias por haber sido Messi. Y por haber sido, simplemente, el mejor. Ahora el fútbol tendrá que aprender a vivir sin vos. Y nosotros también.

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