Cuando una palabra sirve para nombrar demasiadas cosas distintas, empieza a no nombrar nada con precisión. Eso le pasó a «amigo». La usamos para el compañero de toda la vida, para el que conocimos ayer en una fiesta y para el desconocido que aceptamos en una red social sin saber bien por qué. La misma palabra, cargada de sentidos tan distintos, terminó diciendo cada vez menos.
No siempre fue así: la amistad se construía con tiempo compartido cara a cara, con gestos que no dejaban registro ni pedían aprobación, por eso existía aquella frase de que los amigos se cuentan con los dedos de una mano. Hoy ese vínculo se construye, se sostiene y hasta se mide a través de una pantalla, y se volvió señal binaria: se acepta o se rechaza una solicitud, se sigue o se deja de seguir, se da like o no se da. Son gestos mínimos, de bajísimo costo, que ocupan el lugar simbólico que antes tenían la visita, la carta, la llamada pensada de antemano. La palabra amistad se mantiene, pero se vació de contenido: sirve igual para nombrar al vínculo de toda la vida que al de la persona que agregamos una vez y no volvimos a cruzar.
Hay algo más, y tiene que ver con lo que elegimos mostrar. Las redes no solo cambiaron cómo nos comunicamos con los amigos: cambiaron qué elegimos comunicar. Antes el vínculo se construía con lo espontáneo; ahora se construye con lo editado. Cada uno hace curaduría de lo que muestra: selecciona el ángulo, el momento, el texto que acompaña la foto. La amistad, en ese esquema, se volvió también una puesta en escena: no alcanza con tener amigos, hay que demostrar que se tienen, y esa demostración necesita audiencia.
Y después está la paradoja muy repetida: nunca estuvimos tan conectados y nunca fue tan fácil sentirse solo en medio de tantos contactos. La cantidad de vínculos que exhibimos creció exponencialmente, pero la profundidad de esos vínculos no creció en la misma proporción. Tener mil amigos en una red y no tener a quién llamar un domingo a la tarde es la contracara silenciosa de esta transformación. El sociólogo Manuel Castells lo planteó de otro modo, pero en la misma dirección: para él, internet habilita una creación en red que va más allá de la simple suma de individualidades — la pregunta pendiente es si esa red, tan extendida, logra sostener algo más que la suma de sus partes.
Frente a este escenario, la tentación más fácil es la nostalgia: pensar que alcanza con volver a la amistad de antes, sin pantallas ni likes de por medio. Pero de estos tiempos no se vuelve atrás. El desafío, entonces, no es rescatar la palabra «amigo» para que vuelva a significar lo que significaba, sino animarse a buscar un término nuevo, propio de esta época, que nombre a esa persona cuyo vínculo trasciende el comentario y el corazón en una foto. Porque si el canal cambió para siempre, quizás el lenguaje también tenga que hacerlo: no para resignar lo que tuvimos, sino para nombrar con precisión lo que sigue existiendo por debajo de tanta señal binaria.
