EL SUICIDIO COMO PROBLEMA PÚBLICO

Las tasas actuales de suicidio distan mucho de ser un fenómeno abrupto o una problemática individual. Los suicidios que hoy observamos son la expresión más extrema de procesos sociales, económicos y culturales que se vienen desarrollando desde hace décadas y que impactan profundamente en las formas de vivir, trabajar, vincularnos y construir proyectos de vida.

Durante mucho tiempo el suicidio fue un tema silenciado. El miedo, los prejuicios y las dificultades para abordarlo hicieron que quedara relegado del debate público. Sin embargo, hoy sabemos que hablar responsablemente sobre el suicidio es una condición necesaria para prevenirlo.

Los datos disponibles muestran una realidad que exige ser atendida con urgencia. Según el informe anual del Ministerio Público de la Acusación de Santa Fe, durante el año 2025 se registraron 448 suicidios en la provincia, representando el 46,5% de todas las muertes violentas ocurridas en ese período. Esto significa que los suicidios constituyen actualmente la principal causa de muerte violenta en Santa Fe superando a homicidios y muertes por accidente de tránsito. Los datos a nivel nacional son igual de preocupantes. 

El dato resulta particularmente significativo porque obliga a revisar algunas de las prioridades de nuestra agenda pública. Mientras gran parte de las discusiones sociales y políticas giran alrededor de los homicidios y la inseguridad, existe otra forma de violencia, silenciosa y muchas veces invisible, que año tras año produce una cantidad de muertes  que afecta especialmente a adolescentes y jóvenes.

Desde el sistema de salud pública municipal esta realidad viene siendo observada desde hace tiempo. La pandemia de COVID-19 no creó el problema, pero sí lo hizo visible para amplios sectores de la sociedad  y exacerbó tendencias que ya estaban presentes. El aislamiento, la incertidumbre, la ruptura de espacios de sociabilidad, los duelos y el deterioro de las condiciones de vida pusieron sobre la superficie un malestar social que venía creciendo de manera sostenida.

Hoy resulta imposible hablar de suicidio sin reflexionar sobre las formas de vida contemporáneas. Las profundas transformaciones ocurridas en el mundo del trabajo desde las últimas décadas del siglo pasado, la transición desde una sociedad industrial hacia otra crecientemente financiera y tecnológica, la precarización laboral, la incertidumbre respecto del futuro, la erosión de las instituciones tradicionales de integración social y la mercantilización de aspectos cada vez más amplios de la vida cotidiana han impactado profundamente en las subjetividades.
La pregunta por la salud mental no puede separarse de la pregunta por las condiciones materiales y simbólicas de existencia.
Cuando el trabajo pierde capacidad de integrar, cuando las trayectorias vitales se vuelven inestables, cuando los vínculos comunitarios se debilitan, cuando la competencia reemplaza a la solidaridad y cuando el futuro aparece más asociado a la incertidumbre que a la esperanza, el sufrimiento subjetivo deja de ser una excepción para convertirse en un fenómeno social.

Frente a esta situación, la respuesta no puede limitarse a la atención de la urgencia ni a intervenciones aisladas. Tampoco puede recaer exclusivamente sobre los equipos de salud. Los problemas de salud mental son complejos y requieren políticas públicas complejas.

En este contexto adquiere especial relevancia la construcción de un espacio permanente de articulación, intercambio, planificación y producción de conocimiento que reúna a los distintos niveles del Estado, al Concejo Municipal, a las universidades, a los colegios profesionales, a los organismos de derechos humanos, a los trabajadores del campo de la salud mental y a las organizaciones de la sociedad civil. Se trata de recuperar una de las principales fortalezas históricas de Rosario: la capacidad de construir políticas públicas a partir del diálogo entre saberes, disciplinas, instituciones y territorios.

Es precisamente importante generar una herramienta para avanzar en esa dirección porque los problemas de las personas no llegan fragmentados a la puerta del Estado. Y porque detrás de cada política pública capaz de articular recursos, instituciones y saberes existe la posibilidad concreta de prevenir sufrimientos evitables, fortalecer lazos comunitarios y construir una sociedad más justa, más integrada y más humana.

Hablar de salud mental es hablar de derechos, es hablar de vidas que podemos cuidar. Y construir ámbitos permanentes de articulación es asumir la responsabilidad colectiva de hacerlo.

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