¿Cuándo fue la última vez que estuviste diez minutos sin hacer absolutamente nada?
No mirar el teléfono. No escuchar un podcast «para aprovechar el tiempo». No adelantar la próxima tarea en tu cabeza mientras hacías otra. Diez minutos, nada más, sin producir.
Si te cuesta encontrar la respuesta, esta columna es para vos. Y si la encontraste enseguida, probablemente también.
Vivís entrenada/o para hacer una cosa mientras ya estás pensando en la siguiente. Comés mirando el teléfono, caminás resolviendo pendientes, descansás con culpa por todo lo que falta. Estás físicamente en un lugar, pero muchas veces tu cabeza ya está en otro.
Yo también vivo así buena parte del tiempo. Por eso no vengo a decirte que encontré la fórmula para dejar de hacerlo. Vengo a interpelarte con la misma pregunta que me hago cada vez que piso el mat:
| ¿Dónde estás mientras tu vida está sucediendo? |
Porque acá va la parte incómoda: parar, hoy, es un acto de rebeldía.
Vivimos bajo un mandato que dice que todo el tiempo hay que producir, mejorar, optimizar, estar disponible. Y ese mandato se metió tan adentro que hasta el descanso se convirtió en una tarea más que tenemos que hacer bien.
Si solo leer «no hacer nada» te genera algo de culpa, quizás ahí haya algo para mirar.
Entonces, ¿qué tiene que ver el yoga con todo esto?
Mucho.
El yoga no promete resolverte la vida ni regalarte una calma permanente. Yo no la tengo y sospecho que nadie la tiene del todo.
Lo que sí puede entrenar es algo bastante más difícil: sostener la atención en lo que está pasando, en lugar de escaparnos permanentemente hacia lo que sigue.
Durante una práctica, respiramos, movemos el cuerpo, sostenemos una postura y observamos. ¿Qué siento? ¿Dónde hay tensión? ¿Estoy respirando o estoy aguantando el aire? ¿Estoy presente o pensando en lo que tengo que hacer después?
Una y otra vez, la práctica nos invita a volver.
• Al cuerpo.
• A la respiración.
• A este momento.
Eso también es yoga.
Durante años pensé que el yoga era cosa de gente muy flexible o muy espiritual, dos categorías en las que nunca me sentí incluida.
Si vos pensás lo mismo, te lo digo de frente: es una excusa bastante cómoda para no empezar.
Lo que encontré cuando me animé fue otra cosa: una forma de volver al cuerpo cuando la cabeza se va, y de volver a escucharme cuando el cuerpo empieza a decir basta.
Y para eso no hace falta ser flexible, joven, espiritual ni tener experiencia previa.
El yoga es para casi todos porque no exige que lleguemos siendo otra persona.
No tenés que adaptarte vos al yoga. La práctica debería adaptarse a vos.
Se llega como se está: con cansancio, rigidez, dispersión, estrés, ganas de moverse o simplemente curiosidad. Y se trabaja desde ahí, no desde una versión ideal de nosotros mismos que todavía no existe y que, honestamente, quizás nunca exista.
¿Qué dice la evidencia?
No hace falta apelar únicamente a lo espiritual para hablar de los beneficios del yoga. La investigación científica viene estudiando sus efectos y encuentra resultados interesantes, especialmente en relación con el estrés, la ansiedad, el sueño, la movilidad, la fuerza y el bienestar general.
La combinación de movimiento, respiración y atención puede favorecer la regulación de la respuesta al estrés y ayudar a desarrollar herramientas para gestionar mejor determinadas situaciones.
La práctica regular también puede mejorar la flexibilidad, el equilibrio y la fuerza, y existe evidencia de beneficios en algunas personas con determinados tipos de dolor y trastornos del sueño.
Y hay otro aspecto que para mí resulta especialmente interesante: entrenar la atención.
En un mundo diseñado para interrumpirla permanentemente, permanecer unos minutos concentrados en una respiración o en una postura también es una forma de entrenamiento.
Pero si tuviera que elegir una sola razón para invitarte a probar yoga, no sería ninguna de esas.
| Sería esta: por un rato, dejás de escaparte de vos. |
Y eso, aunque suene simple, es desafiante.
Un consejo concreto para empezar
No necesitás un mat caro ni ropa especial.
Elegí un momento fijo del día —aunque sean cinco minutos— y dedicá ese tiempo solamente a respirar.
Sentate cómodamente. Cerrá los ojos si te resulta agradable. Observá tu respiración sin intentar modificarla durante unos instantes.
Después podés probar algo muy sencillo: inhalar durante cuatro segundos y exhalar durante seis. Repetilo diez veces, sin forzar.
No necesitás hacerlo perfecto. No necesitás dejar la mente en blanco.
La práctica consiste, justamente, en darte cuenta cuando te fuiste y volver.
Eso ya es una parte del yoga.
No vengo a darte una clase ni a convencerte de que mañana empieces a hacer el saludo al sol.
Vengo, semana a semana, a compartir ideas, preguntas, herramientas y también mis propios tropiezos en una práctica en la que, como en la vida, el aprendizaje nunca termina.
Porque quizás practicar yoga no sea aprender a hacer determinadas posturas.
• Quizás sea aprender a estar un poco más donde estamos.
• A escuchar antes de exigir.
• A respirar antes de reaccionar.
• A parar antes de llegar al límite.
• Y a recordar que nuestra vida no está esperando a que terminemos todo lo pendiente para empezar.
Está sucediendo ahora.
Por eso te dejo la pregunta con la que arrancamos, para que la lleves con vos esta semana:
¿Dónde estás mientras tu vida está sucediendo?
