Los Juegos Suramericanos son un fenómeno social porque así lo quiso el público. La gente se apropió del evento y lo llevó a su máxima expresión. La convergencia del deporte y la música alcanzó una convocatoria multitudinaria, ignorando el debate estéril que las mezquindades políticas establecieron en torno a este acontecimiento internacional.
No es casualidad que movilizaciones de esta magnitud hoy sean una utopía para cualquier sector político.
Los Juegos también reflejaron la disociación preexistente entre muchos dirigentes y la gente. Y desnudaron las cofradías mediáticas que fomentaron la polémica entre justificadores y detractores, todos desde una mirada sesgada y alejada de la opinión pública.
Mientras la sociedad concurrió desde el inicio a disfrutar de un encuentro deportivo y artístico, no fueron pocos los dirigentes políticos y funcionarios (muchos de ellos desconocidos para el ámbito deportivo) que se convirtieron en “atletas de ocasión» para tener visibilización en la prensa y redes sociales.
Algunos comportamientos también fueron inconcebibles, como el de algunos integrantes secundarios autodenominados “de la organización”, quienes se creyeron sus minutos de poder fugaz para imponer con inconcebible prepotencia la autorización a un ingreso o a la nimiedad de un permiso de estacionamiento.
Pero lo realmente importante y trascendente fue la comunión que forjó la sociedad con el evento. Porque representa un cambio cultural excepcional, con el deporte como puerta de acceso a una integración real, al abordaje social a las distintas problemáticas, donde mientras juegan van construyendo comunidad con valores esenciales de convivencia.
Sin dudas que hay un legado en infraestructura deportiva y urbana, pero hay un legado intangible que no se mensura en dinero, que es el que está dado por esa transformación sociocultural que estas experiencias consiguen por su impacto colectivo.
Rosario, Santa Fe y Rafaela no serán las mismas después de los Juegos de 2026. Porque la gente así lo quiso. Porque los deportistas así lo protagonizaron. Y porque la dinámica social puso a cada uno en su lugar. Incluso a aquellos que del día a la noche se disfrazaron de especialistas en deportes para tratar de explicar un juego al que siempre ignoraron.
Y aunque los oportunistas sigan jugando el partido por una falsa victoria, los Suramericanos 2026 son los Juegos de la gente.
