La baja natalidad en Santa Fe: un síntoma de un modelo que no proyecta futuro.
En los últimos años, Argentina atraviesa un fenómeno demográfico profundo y silencioso: la tasa de natalidad está en caída libre. Según datos recientes del Ministerio de Salud de la Nación, el país registra el número de nacimientos más bajo en décadas. Solo en el año 2023, hubo 60.000 nacimientos menos que en 2014. Esta baja sostenida no es una mera curiosidad estadística: es el reflejo de un cambio social, económico y cultural que debe ser abordado con urgencia.
Este cambio, que en otras partes del mundo puede interpretarse como una transición natural de sociedades en desarrollo, en nuestra realidad está fuertemente ligado a un deterioro estructural que condiciona el deseo –y muchas veces la posibilidad concreta– de formar una familia. La decisión de tener hijos ya no se toma exclusivamente en el plano íntimo o afectivo: está atravesada por factores estructurales como la precarización laboral, la crisis habitacional, el acceso desigual a servicios de salud y educación, y una sensación generalizada de inestabilidad e incertidumbre.
Desde mi doble rol de médica neonatóloga y legisladora provincial, observo esta tendencia con creciente preocupación. Porque detrás de los números hay historias concretas: mujeres y varones que no pueden, no quieren o no se animan a traer hijos al mundo en un país donde el futuro parece estar siempre en pausa. La caída en la natalidad no es solo un dato frío: es una señal de alarma sobre cómo estamos habitando el presente y proyectando –o no– el porvenir.
En la provincia de Santa Fe esta tendencia también se hace visible y palpable. Según datos del Registro Civil, el número de nacimientos ha caído de manera sostenida en los últimos cinco años. Las maternidades públicas, en las que trabajamos miles de profesionales comprometidos, hoy están más silenciosas. Hay salas que antes desbordaban de nacimientos que ahora funcionan por debajo de su capacidad.
Como médica he acompañado partos en salas que se han ido vaciando, pero también he escuchado con atención las voces de muchas personas que postergan, a veces indefinidamente, la decisión de ser madres o padres. Las razones son múltiples, pero convergen en un mismo punto: no encuentran las condiciones materiales y emocionales necesarias para criar. La libertad de elegir cuándo y cómo maternar o paternar debería estar garantizada por un Estado presente. Sin embargo, hoy criar se ha vuelto una carrera de obstáculos.
Criar un hijo en Argentina implica enfrentar múltiples desafíos: conseguir una vivienda digna y accesible, contar con trabajo estable, tener una red de apoyo, garantizar el acceso a una educación y salud de calidad desde la primera infancia. A esto se suma la falta de jardines maternales, el costo de vida creciente, la inseguridad y, sobre todo, una gran soledad en los cuidados, que recae casi exclusivamente en las mujeres.
No se trata de romantizar la maternidad ni de medir el bienestar de una sociedad solo por la cantidad de nacimientos. La baja natalidad, en sí misma, no es un problema. De hecho, en sociedades con políticas de cuidado fuertes, el descenso en la tasa de natalidad puede ser parte de una transición positiva hacia una población más equilibrada y sostenible.
El problema aparece cuando esa baja no es producto de una elección libre y acompañada, sino de un sistema que no ofrece las mínimas garantías para la crianza. Una caída sostenida en la natalidad también nos habla de un modelo social que no contiene, que no acompaña, que no proyecta. Y eso es, sin lugar a dudas, un problema político de fondo.
El Estado no puede mantenerse ajeno a este fenómeno. Necesitamos diseñar políticas públicas que pongan el foco en la infancia y la familia, pero también en la autonomía de quienes deciden formar (o no formar) un hogar.
Como legisladora, creo firmemente que este fenómeno debe ser parte de la agenda política. No podemos seguir discutiendo el futuro de la provincia sin hablar de cómo vamos a acompañar a quienes quieren criar, amar y proyectar en este suelo.
La política tiene la obligación de mirar más allá de la coyuntura. Recuperar el deseo de futuro implica crear las condiciones para que quienes quieran criar puedan hacerlo con dignidad, sin miedo ni sacrificios extremos. Porque en definitiva, cada nacimiento que no ocurre por falta de condiciones es también una oportunidad que perdemos como sociedad.
