Los clubes de barrio son como una especie de templos de la comunidad. Son espacios sagrados donde la pasión por el deporte y la contención social se entrelazan con la identidad y la propia historia de los vecinos. Sin embargo, la reciente noticia de las extorsiones que recibía el presidente de Coronel Aguirre por parte de la barra brava rojiverde no hizo más que sacar a la luz una problemática social de larga data. Las instituciones se tornaron en muchos casos en motines para políticos y algunos delincuentes.
Coronel Aguirre cobró notoriedad mediática. No por congregar a diario a cientos de chicos de Villa Gobernador Gálvez. Tampoco porque le da mucho valor al fútbol fenenino. Mucho menos porque un grupo de personas le ponen el hombro ah honorem en pos de mantener de pie a la centenaria institución.
La noticia de las extorsiones sufridas por el presidente del club, Diego Lavezzi, sacó a la luz una problemática que, lamentablemente, tiene raíces profundas y extendidas en varias regiones. Sea de la provincia como del país.
Terminó siendo una denuncia valiente por parte del directivo, que mes a mes incluso saca dinero de su bolsillo para mantener la estructura deportiva. Lavezzi se crió en el club y lo potenció. No solo hizo un estadio de primer nivel sino además que inyectó un programa social que todo vecino conoce.
No obstante, el club no es noticia por eso. El directivo no aguantó más y decidió denunciar las amenazas y extorsiones que venía recibiendo, en un contexto donde la violencia y la inseguridad parecen haberse infiltrado en todos los rincones.
La justicia tomó nota y actuó. Y eso derivó en allanamientos en Villa Gobernador Gálvez y en la cárcel de Piñero, con algunas detenciones, entre ellas una persona sindicada como líder de la barra de Coronel Aguirre. Sin embargo, más allá de los resultados judiciales, esta situación pone en evidencia una realidad que muchos conocían pero que pocos se atreven a denunciar.
Pero para quienes recorren el mundo de los clubes de barrio, no resulta sorprendente que estos espacios sean utilizados como instrumentos de poder por parte de grupos vinculados a la delincuencia. Ciertos sectores políticos también plantan bandera en pos de potenciarse o tener una base de operaciones firme.
La historia está llena de ejemplos en distintas latitudes donde las instituciones dejan de ser simples centros deportivos para convertirse en territorios de disputa, control y extorsión.
En barrios como 7 de Septiembre, Casiano Casas, Tiro Suizo, y en otros rincones de la ciudad, las prácticas de coacción y amenazas a dirigentes son una constante que evidencia cómo estos espacios sociales se erigieron en un campo de batalla.
No solo los barras o las estructuras delictivas encuentran en los clubes un espacio para sus intereses oscuros. La presencia de políticos en estos escenarios también es notoria y, en muchos casos, problemática.
La participación de figuras públicas en varios de los más de 350 clubes que tiene nuestra ciudad refleja un interés estratégico: estos espacios sirven como plataforma de campaña, como lugar de proyección o, en algunos casos, como escenario para sembrar futuras aspiraciones políticas.
La promesa de apoyo, las donaciones que parecen migajas ante las necesidades voraces de las instituciones, y la presencia constante en épocas electorales, evidencian un vínculo que a veces se presenta más como una relación de poder que como un compromiso genuino con la comunidad.
Claro, en este caso todo salió a la luz porque en Coronel Aguirre, las extorsiones al presidente Diego Lavezzi estaban relacionadas con el control de actividades comerciales en el estadio y sus alrededores. La información policial indicó que la escalada de violencia, con amenazas cada vez más agresivas, llevó al dirigente rojiverde a tomar la difícil decisión de hacer la correspondiente denuncia.
La justicia, por su parte, tiene todavía un camino por recorrer. Pero la situación revela una problemática que trasciende a un club o una sola ciudad como es Villa Gobernador Gálvez.
Los clubes de barrio son pilares fundamentales del tejido social y la contención juvenil. Pero a la vez se ven cada vez más afectados por prácticas que los desvirtúan y los alejan de su verdadera misión.
La presencia de actores políticos y delincuentes en estos espacios no solo los corrompe, sino que pone en riesgo la integridad de las comunidades que los sostienen.
