El entrenador formativo: enseñar antes que dirigir

Ser entrenador en etapas formativas implica asumir una responsabilidad pedagógica. Los chicos llegan para jugar al fútbol y aprender. Quienes estamos al frente debemos saber acompañar ese proceso. Dirigir un equipo en una competencia comprende organizarlo, elegir una formación y tomar decisiones durante un partido. Ser un formador exige, además, comprender cómo aprenden los jugadores, explicar con claridad y reconocer que cada uno tiene su propio ritmo de desarrollo. Esa responsabilidad debe orientar nuestra manera de ejercer el rol.

El conocimiento del fútbol es indispensable. También es verdad que  necesita convertirse en una enseñanza para que el jugador pueda comprender. Para eso, el entrenador debe prepararse, establecer qué quiere enseñar y buscar la manera adecuada de hacerlo según la edad y las necesidades del grupo. 

Una explicación que resulta clara para nosotros puede no serlo para un chico. Si un aprendizaje no aparece, también corresponde revisar nuestra propuesta: cómo explicamos, qué oportunidades ofrecemos para practicar y qué acompañamiento necesita cada jugador. Un buen formador puede transformar la manera de jugar y de comprender el juego de quienes aprenden con él.

La forma de corregir también es parte de nuestra tarea pedagógica. Un error requiere una orientación que ayude a comprender y mejorar. La humillación, la burla o el grito que descalifica dañan la confianza y dificultan ese aprendizaje. 

Podemos ser firmes, exigir atención y señalar lo que debe cambiar, cuidando siempre la dignidad de quien aprende. Cada niño tiene un valor incalculable, independiente de su rendimiento deportivo. La autoridad del entrenador se construye con conocimiento, coherencia y respeto; también con la capacidad de escuchar y reconocer cuando se equivoca.

Además, enseñamos con nuestra conducta. Si pedimos respeto, debemos mostrarlo al hablar con los jugadores, los árbitros y los rivales. Si exigimos compromiso, debemos preparar el entrenamiento y cumplir nuestra palabra. Si hablamos de equipo, necesitamos dar atención también a quienes tienen mayores dificultades o juegan menos. Los chicos observan cómo actuamos, especialmente cuando perdemos o estamos bajo presión. En esos momentos, nuestros valores adquieren una expresión concreta y nuestras palabras ganan o pierden credibilidad.

Por eso, el entrenador formativo debe enseñar antes que dirigir. Cada decisión deportiva necesita considerar a la persona que está aprendiendo y aquello que queremos ayudar a desarrollar. Nuestra responsabilidad es acompañar a cada niño a descubrir sus capacidades y avanzar hacia sus metas. 

Ese trabajo exige evaluar el progreso de los jugadores y revisar nuestra propia capacidad para acompañarlo. Nuestras palabras, nuestros gestos y nuestras decisiones forman parte de su educación. Estar al frente de un equipo de chicos es recibir una confianza que debemos honrar con preparación, responsabilidad y ejemplo.

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