VERITY, VERDAD Y CONSECUENCIAS

Una discusión: la del asado, la de la reunión de consorcio, la del grupo de WhatsApp de la familia. Una misma situación, interpretada de maneras tan distintas, que parece que hablan de cosas diferentes. Alguien dice “bueno, cada uno tiene su verdad”, y la charla se da por terminada. Nadie se convenció de nada, pero todos quedaron tranquilos.

Esa frase la decimos todo el tiempo. Como también decimos que la verdad no existe, que hay tantas verdades como miradas, que todo depende del cristal con que se mire, que la verdad es subjetiva y una cuestión de perspectiva. Las repetimos en la mesa del café, en la cola del supermercado, en la sobremesa, casi sin detenernos en lo que connotan.

La película Verity se enrosca justamente en esa discusión y nos lleva a dudar de todo lo que vemos y de todo lo que creemos verdadero. Parece un asunto filosófico, pero es de todos los días. Y el título juega solo. Verity, en inglés, quiere decir verdad, una palabra antigua que ya casi nadie usa. Como si la verdad misma se hubiera ido gastando de tanto manoseo, y necesitáramos pluralizarla para contener a todos.

Para tergiversar la verdad, primero hay que estar convencido de cuál es. Pensemos que quien miente sabe dónde está lo cierto, y necesita medir cuánto se aleja para que no se note. Si la verdad no existiera, nadie podría mentir, y sin embargo mentimos, y nos mienten, a diario.

La mirada es subjetiva, eso es cierto. Pero hay cosas que ocurrieron y cosas que no ocurrieron, y ninguna perspectiva las cambia. Que haya muchas formas de contar un hecho no significa que el hecho no exista. Significa que a cada uno le toca la tarea incómoda de ir a buscarlo.

Quizás la película no nos pida que dudemos de todo. Quizás nos pida que dudemos mejor.

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