La economía argentina actual funciona a dos velocidades, con un marcado contraste entre sectores primarios y exportadores en auge frente a un mercado interno y una industria rezagados.
El Gobierno tiene un dato para exhibir: el PBI creció 2% interanual en el segundo trimestre de 2026. Pero por otro lado el mercado de trabajo se deteriora. La desocupación nacional llegó al 7,9%, y en el Gran Rosario trepó al 11,5%, la tasa más alta entre los aglomerados urbanos relevados por el INDEC.
En Rosario, esto significa algo muy concreto, miles de personas que quieren trabajar y no consiguen hacerlo.
No es percepción. Tiene que ver con una política económica que no está diseñada para transformar actividad en empleo. Que prioriza la primarización de la economía por sobre el agregado de valor en orígen. La industria es probablemente el mejor ejemplo.
En julio, la producción industrial manufacturera cayó 5% interanual y la utilización de la capacidad instalada quedó en 58,2%. Es decir: cuatro de cada diez unidades de capacidad productiva permanecen sin utilizar.
En una provincia industrial como Santa Fe, menos producción significa menos proveedores, menos transporte, menos consumo y, finalmente, menos empleo.
Electrolux es un ejemplo reciente y concreto. Una empresa que durante décadas produjo en Rosario decidió cerrar su planta y abandonar la fabricación local. Hoy quedan alrededor de 200 trabajadores, después de haber llegado a emplear unos 800 en 2023. La empresa plantea pasar a un esquema de abastecimiento global y reemplazar producción local por importaciones.
Electrolux no es solamente Electrolux. Es una señal de una discusión que Argentina no puede esquivar: ¿vamos a importar para producir más o vamos a importar para dejar de producir?
Importar tecnología, bienes de capital e insumos puede hacer más competitiva a nuestra industria. Pero cuando una importación reemplaza una fábrica, trabajadores y proveedores, no estamos incorporando productividad, estamos sustituyendo producción nacional.
El superávit comercial de USD $18 millones registrado entre enero y agosto de este año demuestra que hay capacidad, pero el saldo favorable no genera desarrollo por sí solo. El verdadero debate es qué modelo elegimos. Si el que vende materias primas e importa productos y cierra fábricas, o el que construye cadenas de valor, fortalece a las pymes y genera trabajo argentino.
Argentina necesita una política con un propósito claro, que tiene que ver con producir más, vender con mayor valor y cuidar el trabajo.
Por eso no alcanza con pedirle paciencia a una pyme que no vende, a una industria que trabaja al 60% o a una familia cuyo ingreso ya no alcanza o que se quedó sin trabajo. Hay que recuperar de inmediato el crédito productivo, sostener la infraestructura estratégica y generar condiciones reales para volver a producir.
Una macroeconomía ordenada es necesaria, pero el orden no es un fin en sí mismo; tiene que tener un sentido claro: producir, trabajar y vivir mejor.
Al final del día, la economía no se mide por cómo cierran los números del Estado. Se mide por algo mucho más sencillo y concreto, si hay producción, si hay trabajo y si el bolsillo de los argentinos alcanza.
