“En el fútbol no buscamos justicia, solamente la injusticia a favor”. La reflexión del entrenador Marcelo Méndez cuando dirigía Gimnasia de La Plata define a una sociedad más allá de un campo de juego.
Es evidente que la pasión por este deporte exacerba comportamientos y distorsiona el sentido común, pero el fútbol es lo más relevante de lo menos importante. Aunque para internalizar esto muchos deben atravesar situaciones delicadas o graves en la vida.
El reciente otorgamiento del título de campeón de la Liga 2025 a Rosario Central, por haber sido el que más puntos acumuló en los dos torneos, genera un enorme debate porque la distinción no estaba estipulada, y recién fue resuelta al final de la competencia.
El festejo de los hinchas de Central y los cuestionamientos de los hinchas de los otros equipos hacen al paisaje natural del fútbol.
Lo paradójico es que los más críticos sean aquellos que forman parte del sistema, que
reaccionan como si esta desprolijidad hubiese sido una excepción en el manejo de la AFA y Liga Profesional, donde ya no hay espacio para la sorpresa. Es vulgarmente notorio que Claudio Tapia y Pablo Toviggino son el emblema de una gestión que será recordada por la obscenidad con la que manipularon y degradaron la organización del deporte más popular.
Sin vergüenza y con total impunidad, cambiaron frecuentemente las reglas en plena competencia haciendo tráfico de influencias para invalidar o alterar el curso de los torneos, ajustado a los intereses deportivos y/o económicos del grupo de poder.
Cualquier similitud con lo que ocurre en ámbitos políticos, empresariales, sindicales y/o judiciales no es pura coincidencia.
Si hasta causa gracia ver cómo aquellos que, días antes de esta concesión a Central, pugnaban por “gestionar ante Chiqui” una ayuda para evitar el descenso, o clasificar a copas como así a la próxima fase del Clausura.
En definitiva constituyen la casta ruin que prioriza la pertenencia a esta runfla por sobre los intereses de los propios clubes. Clubes que con estos hipócritas y cómplices están cada vez más pobres y complicados.
Pero no hay proceso nefasto que no tenga voceros obsecuentes, como aquellos que justificaron la no previsión de este premio con un artículo reglamentario que habilita a producir cambios en el futuro. Un artilugio para formalizar la transgresión. La ventaja.
Y allí radica la esencia del análisis. No indigna la trampa. Lo que indigna es no ser beneficiario de esa ventaja.
Hay miles de ejemplos de la vida cotidiana para describir ese patrón cultural de la argentinidad.
Y aunque la primera reacción a esta definición sea la negación, y la segunda buscar rápidamente ejemplos de trampas anteriores para justificar la última, lo que no se modifica es esa tendencia a convivir con la violación a las reglas.
“Roba pero hace”. “Está mal pero todos lo hacen”. “Tengo un conocido para evitar la sanción”. “Mi contacto me zafa”. “Cuando nos afanaron nadie dijo nada y ahora que nos premian cuestionan”. Todas frases de ocasión para justificar la indisciplina y el indebido comportamiento.
El fútbol está en un tiempo de cólera con tendencia a ser cada día más crítico. Atravesado por la creencia de que esto es para vivos no para honestos. Tal vez por eso en otros aspectos elegimos así. A los que no les importa el otro sino ellos mismos. Pero esos vivos al final se robaron hasta la esperanza de todos. Aunque en algún momento te hayan dado una “ayuda” para seguir robándote.
