Carlos Saúl Menem tras ser electo presidente de la Nación anunció el fin de las ideologías, y en ese momento muchos dogmáticos peronistas justificaron al flamante mandatario. Al tiempo comprendieron que su caudillo comenzó una gestión haciendo todo lo contrario a lo prometido. Literalmente todo lo contrario. Hoy a la distancia no son pocos los que lo niegan como peronista y ubican al menemismo como una corriente neoliberal.
El radicalismo llega al gobierno con Fernando de la Rúa y rápidamente el presidente también hace colapsar a su partido, descartando referentes progresistas para refugiarse en los pragmáticos exponentes del poder económico concentrado. Los radicales desconocieron a De la Rúa como propio. Y se alejaron del gobierno marcando profundas diferencias.
Dos referencias apenas descriptivas para comprender la previa de la desconfiguración política de los partidos tradicionales. Ya no eran internas.
Los peronistas y radicales navegaron en el mismo mar de ambigüedades y naufragaron en sus contradicciones.
Se dividieron porque no todos fueron compañeros ni correligionarios. Paradójicamente terminaron mezclados entre oficialistas y opositores según la ocasión. Como el camaleón.
Eso sí. Ideológicamente se aferraron a principios históricos desde la retórica, aunque en los hechos fueran todo lo contrario. Literalmente todo lo contrario.
Así, los descamisados y boinas blancas de la modernidad se entremezclaban sin diferencia a la hora de traicionarse, con una nueva matriz política: las lealtades cotizaban en la bolsa del poder.
Los populistas de ocasión reeditaron la liturgia partidaria como estrategia para hacer creer que volvían aquellos principios elementales. Pero no. Ni revolución productiva, ni país distinto, ni década ganada, ni se puede, ni volvieron mejores y ni cambiaron juntos.
En ese transcurrir se fueron diluyendo las pertenencias ideológicas. Y potenciando una grieta con la mixtura de propios y extraños.
Radicales K o peronistas PRO fueron los síntomas de esta disolución partidaria histórica, con el agravante de una corrupción transversal, sistemática y vigente.
Incluso otras fuerzas políticas se fueron diezmando porque esa búsqueda de coherencia motivó la salida de referentes en pos de otros espacios.
Estos antecedentes no hicieron más que generar desencanto e indiferencia en una sociedad donde la credibilidad se disolvió en el hartazgo masivo.
Ese contexto fue el hábitat natural para la irrupción de otras aventuras.
Las generaciones jóvenes y no tan jóvenes se propusieron un nuevo escenario ante la hipocresía e impericia de una clase política que hartó por su impudicia.
Así, despojadas de cualquier nostalgia ni dogmas, enterraron aquella frase hecha “más vale malo conocido que bueno por conocer”. Y optaron por lo supuestamente nuevo, porque aún creen que no hay nada peor que lo viejo.
Y en este contexto de elecciones, paradójicamente los remanentes de los partidos tradicionales y sus colectoras siguen perdidos con sus contradicciones y ambigüedades. Juntándose o separándose acorde a la posibilidad de perdurar. En definitiva es el único objetivo que coinciden.
Entonces se produce el hecho más obsceno ante la mirada de esa sociedad, que en su búsqueda sigue comprobando una representación que no la representa.
Ejemplo uno. Los santafesinos que optaron por Provincias Unidas se encontraron con sus diputados votando distinto el proyecto de ley de la reforma laboral. Dos la aprobaron (Scaglia y Núñez) y otros dos la rechazaron (Farías y Paulón).
Unidos no es lo mismo que juntos, pero mucho menos contrarios.
Ejemplo dos. Los peronistas que eligieron a sus diputados tampoco encontraron una postura única. Paradójicamente los de algunas provincias votaron diferentes a los de otras. Es decir que no siempre son compañeros. Más cuando hay una historia de desencuentros. Sino que lo diga el justicialismo santafesino, que aún está perdido en su propio laberinto.
Entonces a la pregunta qué se vota cuando se vota casi la mitad de la sociedad lamentablemente la comenzó a responder con su indiferencia. Ya no vota. Porque no solo no la representan sino porque hacen todo lo contrario. Literalmente todo lo contrario.
