Durante mucho tiempo se pensó que el músculo era un tejido puramente mecánico, encargado de generar movimiento y sostener la estructura corporal. Sin embargo, la ciencia de las últimas dos décadas ha transformado esa visión. Hoy sabemos que el músculo es también un órgano endocrino capaz de comunicarse con el resto del cuerpo a través de pequeñas moléculas llamadas mioquinas. Este descubrimiento cambió la manera de entender la relación entre la actividad física, el cerebro y la salud general. Las mioquinas son proteínas producidas y liberadas por las fibras musculares durante la contracción. Una vez en la sangre, viajan hacia distintos órganos (hígado, corazón, huesos, páncreas, tejido adiposo y cerebro), donde modulan funciones metabólicas, inmunológicas y cognitivas.
Se han identificado más de 600 tipos de mioquinas, aunque solo una fracción ha sido estudiada en profundidad. Su acción explica, al menos en parte, por qué el ejercicio físico regular ejerce un efecto protector tan amplio y duradero sobre la salud.
El concepto de que el músculo es un órgano secretor se consolidó a comienzos de los años 2000, cuando se conoció que, durante el ejercicio, las fibras musculares liberan interleucina-6 (IL-6) en cantidades significativas. A diferencia de la IL-6 producida por el tejido adiposo en situaciones inflamatorias, la IL-6 muscular tiene efectos antiinflamatorios y mejora la sensibilidad a la insulina. Desde entonces, se descubrió una larga lista de mioquinas con funciones diversas. Este hallazgo condujo a un cambio de paradigma: el músculo dejó de verse solo como una máquina de movimiento para reconocerse como un órgano que regula la homeostasis sistémica.
Cada contracción muscular actúa como una señal bioquímica que informa al cuerpo que está activo, estimulando mecanismos de reparación, regeneración y equilibrio. Entre los órganos que reciben la influencia de las mioquinas, el cerebro ocupa un lugar destacado. La evidencia muestra que el ejercicio físico induce la liberación de moléculas capaces de atravesar la barrera hematoencefálica o de actuar de manera indirecta, favoreciendo la función neuronal.
Una de las mioquinas más estudiadas en este sentido es la irisin, descubierta en 2012. Se libera principalmente durante el ejercicio aeróbico y se ha vinculado con el aumento del factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), una proteína fundamental para la plasticidad neuronal, la formación de nuevas sinapsis y la supervivencia de las neuronas. El incremento de BDNF, a su vez, se asocia con mejoras en la memoria, el aprendizaje y el estado de ánimo.
Otra molécula relevante es la cathepsina B, cuya concentración plasmática aumenta con la actividad física. En modelos animales se observó que promueve la neurogénesis en el hipocampo, una región clave para la consolidación de la memoria, y potencia las capacidades cognitivas. En humanos, los niveles más altos de cathepsina B se correlacionan con mejor rendimiento en pruebas de memoria y aprendizaje.
Además, la Interleuquinas musculares ejercen efectos neuroprotectores indirectos, al reducir la inflamación sistémica y favorecer un ambiente metabólico saludable. La disminución de la inflamación crónica de bajo grado es crucial para prevenir o ralentizar el desarrollo de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer o el Parkinson.
El vínculo entre actividad muscular y salud cerebral se refleja también en la prevención de los trastornos del ánimo. Diversos estudios clínicos han demostrado que el ejercicio regular puede ser tan eficaz como algunos tratamientos farmacológicos en la reducción de síntomas depresivos leves y moderados. Las mioquinas intervienen en este efecto al modular neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, y al disminuir la respuesta inflamatoria que suele acompañar a los cuadros depresivos.
El ejercicio, además, estimula la liberación de endorfinas y de endocannabinoides, moléculas que generan sensación de bienestar y contribuyen a la resiliencia frente al estrés. Esta combinación de mecanismos neuroquímicos convierte al movimiento en una forma natural y poderosa de proteger la salud mental.
Más allá del cerebro, las mioquinas influyen sobre prácticamente todos los sistemas del organismo. Algunas intervienen en la regulación del metabolismo y en la disminución de la masa grasa. Otras se relacionan con la reparación del tejido óseo y con la prevención del cáncer de colon. En conjunto, estas moléculas modulan la inflamación, mejoran la utilización de la glucosa, favorecen la oxidación de ácidos grasos y refuerzan el sistema inmunológico.
El resultado de este entramado bioquímico es que un músculo activo comunica al cuerpo un mensaje de salud y vitalidad, mientras que el sedentarismo prolongado envía la señal opuesta: favorece la inflamación, la resistencia a la insulina, el deterioro cognitivo y la fragilidad asociada al envejecimiento.
A partir de la sexta década de vida, el cuerpo experimenta una pérdida progresiva de masa y fuerza muscular, conocida como sarcopenia. Este proceso, si no se contrarresta con ejercicio y adecuada nutrición, tiene consecuencias que van más allá de la movilidad: se asocia con mayor riesgo de caídas, deterioro cognitivo, depresión, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares.
Desde la perspectiva de las mioquinas, la sarcopenia implica también una reducción en la producción de estas moléculas protectoras. Menos contracción muscular significa menos señales beneficiosas hacia el cerebro y otros órganos. Por eso, el mantenimiento del músculo no debe entenderse solo como una cuestión estética o de fuerza, sino como una estrategia biológica de preservación global.
El concepto de “ejercicio como medicina” cobra aquí un sentido literal. Cada sesión de movimiento se comporta como una dosis de un fármaco natural, con efectos acumulativos y sin los efectos secundarios de los medicamentos convencionales. Incluso sesiones cortas, realizadas de manera regular, son capaces de activar la liberación de mioquinas y mejorar marcadores metabólicos y cognitivos.
La ciencia de las mioquinas nos recuerda que el cuerpo humano está diseñado para moverse. El sedentarismo, característico del estilo de vida moderno, rompe un circuito de comunicación que la evolución perfeccionó durante millones de años. Cuando los músculos permanecen inactivos, el flujo de señales beneficiosas se interrumpe, y el organismo pierde una herramienta esencial de autorregulación.
Comprender esta relación ayuda a resignificar el ejercicio físico: no se trata solo de “hacer deporte” o “mantenerse en forma”, sino de activar un diálogo biológico que sostiene la vida. El movimiento no es un castigo ni una obligación, sino una forma de comunicación celular que protege, equilibra y renueva.
Las mioquinas son el lenguaje secreto del músculo, una red de mensajeros que conecta el esfuerzo físico con la salud cerebral, metabólica e inmunológica. Su descubrimiento ha permitido entender que el ejercicio no es simplemente una práctica saludable, sino un acto biológico esencial que modula los sistemas más profundos del organismo.
En un mundo cada vez más sedentario, recordar que moverse es pensar, sentir y sanar puede ser una de las lecciones más poderosas de la ciencia moderna. Cada paso, cada contracción, cada gesto de movimiento activa un sistema ancestral que nos mantiene vivos, lúcidos y en equilibrio.
