LA VIOLENCIA SEXUAL COMO PRÁCTICA SISTEMÁTICA

La violencia ejercida sobre los cuerpos de las mujeres lleva la marca de la humillación, la estigmatización y el intento sistemático de destruirlas como personas, borrando su identidad y su dignidad.

En los centros clandestinos de detención de la última dictadura argentina, las mujeres fueron secuestradas y torturadas como los varones. Pero a ellas les sumaron el sometimiento a violencias sexuales: obligadas a desnudarse, insultadas, violadas, exhibidas como trofeos. Fueron reducidas a objetos dentro de un entramado de poder que utilizó el cuerpo femenino como territorio de castigo y rendición.

Y como si todo eso no fuera suficiente, los testimonios dan cuenta que algo más desgarrador que el propio tormento, el abuso y la violación, fueron las violencias sobre sus hijos: torturas y golpes a niños delante de esas madres, partos en condiciones inhumanas y el robo de sus bebés.

Pero el horror no terminó ahí. A las que lograron sobrevivir, afuera las esperaba otra forma de violencia: la sospecha, el silencio impuesto, la vergüenza social. La estigmatización que las volvía a ubicar en el lugar de la culpa, como si algo de todo lo vivido pudiera recaer sobre ellas, como si la violencia padecida necesitara ser justificada. Y cargaron entonces con otra condena: el silencio, la vergüenza, la duda sobre sus propias historias. Como si las víctimas de la brutal violencia patriarcal tuvieran algo de lo que arrepentirse. Así fue hasta 2014; recién ahí tanto las violaciones como los abusos sexuales sufridos por las víctimas se convirtieron en delitos de lesa humanidad.

Hay además una dimensión del horror de la que casi no se habló: el goce que encontraban los represores cuando vejaban y violaban a las mujeres delante de sus parejas, compañeros de militancia u otros detenidos. 

Nada de eso fue un exceso.

Nada fue aislado.

Todo formó parte de un sistema.

Esa dimensión del terrorismo de Estado —la más íntima y, a la vez, una de las más brutales— fue durante años relegada a un segundo plano, incluso dentro de los propios relatos de la memoria colectiva.

Y, sin embargo, está ahí. Documentada, narrada con crudeza y rigor en libros como Putas y guerrilleras, de Miriam Lewin y Olga Wornat. Un trabajo que pone en palabras, en primera persona, lo que durante mucho tiempo fue callado, y que permite comprender el carácter sistemático de estas violencias.

El trabajo periodístico resultó profundamente perturbador para algunos sectores cuando se publicó. No porque los hechos fueran nuevos (ya habían sido testificados en los Juicios), sino porque se atrevía a mirar de frente uno de los aspectos más crueles del terrorismo de Estado. En aspectos vinculadas a las mujeres, la sociedad tarda en desmontar relatos que vienen atravesados por una velada mirada masculina. Pero la memoria no puede construirse sobre silencios selectivos.

Este libro también interpela un viejo prejuicio: la idea de que en contextos de violencia extrema puede hablarse de “consentimiento”. Una noción que aparece demasiadas veces en torno a los crímenes sexuales y que resulta completamente absurda cuando se trata de delitos de lesa humanidad. En un centro clandestino de detención no hay margen para el consentimiento. Solo hay dominación, terror y abuso de poder.

Leer hoy Putas y guerrilleras obliga a conectar esas historias dolorosas del pasado con las luchas del presente: las que denuncian el acoso, la violencia sexual, los femicidios y las desigualdades de género que todavía persisten. También con un contexto en el que sectores conservadores intentan relativizar las violencias del pasado o desandar conquistas.

Por eso estos testimonios siguen siendo tan necesarios.

Porque no hubo dos demonios.

Y no hay dos verdades.

Hubo un Estado que desplegó un aparato sistemático de represión, tortura y exterminio. Y dentro de ese aparato, la violencia sexual fue utilizada como herramienta aleccionadora sobre los cuerpos de las mujeres.

Volver a estas páginas no es un ejercicio nostálgico ni académico. Es un acto de memoria.

Porque recordar también es reparar.

Y porque la memoria incomoda, pero el olvido siempre es peor.

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