En tiempos de urgencias, consignas rápidas y debates gritados, leer se ha vuelto una práctica imprescindible. Leer no para escapar de la realidad, sino para comprenderla. Porque los libros —sobre todo los que elegimos en momentos de aparente descanso— nos ofrecen la posibilidad de detenernos, de reflexionar y de aprehender lo que nos pasa desde otros lugares, menos obvios y más profundos.
No hay lecturas inocentes. Y tampoco hay lecturas livianas.
En “El infinito en la palma de mi mano”, Gioconda Belli define la libertad como el “despertar de la conciencia”. En el Edén, Eva no desobedece por capricho: elige saber. Asume el riesgo de perder la seguridad del paraíso a cambio del conocimiento. Esa escena fundacional, leída hoy, plantea una pregunta incómoda pero urgente: ¿qué libertad estamos discutiendo en la Argentina contemporánea?
En tiempos de “derechas inusuales” y “izquierdas perpetuas” —ambos términos de Belli— la libertad se ha vuelto una palabra gastada, repetida como consigna y vacía de contenido. Se la invoca, pero rara vez se la piensa. Y sin pensamiento, la libertad se transforma en una trampa.
Las izquierdas que se proclaman eternas suelen asfixiar al individuo en nombre de un Estado que promete inclusión y termina produciendo nuevas exclusiones. Las derechas inusuales exaltan una libertad de mercado que, en los hechos, deja al más débil librado a su suerte. Dos extremos distintos, una misma omisión: la persona concreta.
La libertad no puede reducirse a una elección formal. Elegir no es ser libre cuando el poder está desbalanceado. La libertad de “precios libres” o de “desregulación” es ficticia si no existe un marco ético que proteja al que siempre pierde. Sin reglas justas, la libertad deja de ser un derecho y se convierte en una condena.
Así como en el libro se defiende la autonomía de la mujer frente al dogma religioso, hoy resulta imprescindible defender la autonomía frente al dogma económico. Porque cuando la economía se convierte en religión, la dignidad humana pasa a ser una variable de ajuste.
La verdadera libertad no es el “sálvese quien pueda”. No es una herramienta del mercado ni un arma de control estatal. Es la posibilidad de habitar un sistema donde el conocimiento —la información clara, la transparencia, la justicia— sostenga el universo social como una palma abierta, no como un puño cerrado.
El peligro de ambos extremos es el mismo: olvidar que la libertad, antes que ideología, es humanismo. Y sin humanismo, toda libertad es apenas una promesa rota.
Por eso leer importa. Y mucho. Porque incluso —o especialmente— en verano, cuando creemos que elegimos libros “livianos”, la lectura nunca es pasatiempo. Los libros que nos acompañan en el descanso también nos interpelan, nos obligan a pensar y a mirar lo que nos pasa desde otros lugares.
