EL TAMAÑO NO IMPORTA. LA INTELIGENCIA SI

Si sólo importase el tamaño, Argentina podría haber aspirado a ser uno de los más importantes imperios del mundo, pero la inteligencia de sus líderes no la acompañó en este proceso. Por tanto, continuamos siendo un país pequeño y marginal en el concierto de las naciones.
Nuestro país se caracteriza por poseer una de las mayores superficies de la Tierra, ocupando el octavo lugar a nivel mundial, el cuarto en el continente americano (después de Canadá, Estados Unidos de América y la República Federativa de Brasil) y el segundo entre los países de américa del sur.
Según el Instituto Geográfico Nacional, la extensión de las tierras emergidas incluyendo la Antártida, alcanza los 3.761.274 km2 incluyendo los ámbitos terrestres cuya soberanía es reclamada por el Estado nacional.
De ellos, 2.791.810 km2 corresponden a la parte continental americana, 965.597km2 al continente antártico y 3.867 km2 a las islas australes (Georgias del Sur y Sandwich del Sur).
Tan grande es la superficie continental argentina que podría albergar a cerca de 20 países europeos incluyendo a Portugal, España, Francia, Italia, Alemania, Bélgica, Suiza, Austria, Países Bajos, Hungría, Albania, Serbia, Irlanda, Lituania, Luxemburgo, Lituania, Letonia, Eslovenia, Dinamarca, República Checa, Bosnia y Herzegovina.
La mayoría de estos países enunciados son desarrollados, a pesar de ser pequeños si los comparamos con nuestro país, mientras que argentina sigue en la categoría de país en vías de desarrollo o de “ingreso medio alto” según la nomenclatura actual del Banco Mundial. Este es un estigma que nos acompaña durante los últimos 120 años, luego de haber sido considerado como un país rico a juzgar por el ingreso per cápita que registraba hasta la primera guerra mundial, después de haber tenido una época de esplendor desde fines del siglo XIX y hasta 1914 aproximadamente.
En otro orden, si comparamos la superficie del Imperio Romano, el más importante en la historia de la humanidad, aunque no haya sido el más extenso, encontramos que en su momento de esplendor solo llegó a ocupar 5.000.000 de Km2, es decir sólo un 27% más de la superficie total de argentina.
Propongo este ejercicio de simulación, tomando en cuenta las diferentes épocas de la historia, para que pensemos seriamente qué nos pasa a los argentinos para que teniendo un tamaño y potencial productivo impresionantes hayamos quedado tan relegados a nivel social, económico y político si comparamos los avances que logró por ejemplo el imperio romano sin disponer de ninguna tecnología de las modernas y los innumerables aportes que hizo para la humanidad en temas tan diversos como el derecho, el pensamiento, la salud, el arte, la política, la obra pública, (tan denostada en nuestro país que hasta la han dejado en total estado de abandono). Cuando analizamos un mapa de Europa podemos advertir como un hecho real que todos los caminos conducen a Roma, obra pública pura que se convirtió en la estrategia más importante de integración territorial y desarrollo comercial, de ahí su crecimiento y poder.
Ahora bien, sin ir tanto tiempo hacia atrás, podemos analizar la realidad media de los países europeos que detallamos más arriba y la comparación que hacemos con argentina es muy desalentadora. La gran mayoría de ellos alcanzó la categoría de país desarrollado, ya que desde hace décadas han logrado estructurar Economías fuertes y diversificadas; Altos niveles de ingresos que elevan la calidad de vida; Infraestructura desarrollada; Nivel educativo alto; Estabilidad política y social; Acceso a la última tecnología; Sostenibilidad y apoyo constante para la formación de sus ciudadanos, todos logros alcanzados a partir de la estructuración de políticas públicas sostenidas en el tiempo.

Mientras el mundo evolucionó constantemente a partir de acuerdos permanentes, argentina se mantuvo entre extremos pendulares irreconciliables que la sumieron en un siglo de triste involución, a pesar de no tener problemas raciales, religiosos ni de integración migratoria. Divisiones que arrastramos desde unitarios y federal, campo e industria, dictaduras o democracia, radicales o peronistas, populistas o neoliberales, liberales o nacionalistas, hasta cuestiones de la vida cotidiana siempre se generaron motivos para que haya sectores enfrentados y estas diferencias sólo nos hunden más hacia el corazón de nuestro fracaso.

A esta altura de la historia, deberíamos convencernos que para salir de esta situación de estancamiento, debería llegar el día en que los colores partidarios sean simbólicos y no estandartes de 1000 batallas. Deberían llegar los días en los que la inteligencia de los dirigentes los anime a formalizar políticas de estado proyectadas a 30 / 50 o 100 años y donde las peleas entre políticos se de en el terreno de las ideas para construir un gran país y no para construir poder y profundizar negocios personales o sectoriales.
¡¡¡Hagámoslo con inteligencia, con vocación de servir y ambición de crecer!!!

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