El ataque a la salud o la incapacitación simbólica de los presidentes opera como una estrategia clásica de desgaste que busca erosionar la autoridad del otro instalando la sospecha sobre su capacidad de mando y su estabilidad personal.
En el imaginario colectivo, la figura presidencial sigue asociada a la fortaleza, el control y la templanza. Por eso, los rumores sobre enfermedades, trastorno de bipolaridad, demencia, brotes psicóticos o incluso el uso de pañales no son anecdóticos y menos aun ingenuos. Apuntan a infantilizar, a debilitar, a sembrar dudas allí donde no hay pruebas, pero sí predisposición a creer.
Otra variante habitual es la psiquiatrización de la personalidad. Cuando un dirigente tiene un estilo disruptivo, vehemente o confrontativo se apela al “está loco”, “está medicado”, “no está bien”.
En ambos casos el desacuerdo ideológico se convierte así en un supuesto problema de salud pública y, de ese modo, el debate se clausura.
Estas campañas suelen apoyarse en una figura recurrente: el cercano que sabe cosas. Un médico anónimo, un colaborador sin nombre, alguien “del hospital” o “del entorno”. Nunca hay fuentes verificables, pero la estructura del rumor le da una apariencia de verdad que circula con facilidad.
A este mecanismo se suma hoy el efecto multiplicador de las redes sociales. A diferencia de otras épocas, estos rumores no necesitan una voz institucional ni una portada para instalarse. Circulan de manera fragmentada, silenciosa, envueltos en ironías, memes, recortes de video o “comentarios al pasar” que se replican sin asumir autoría. No siempre se presentan como afirmaciones; muchas veces se deslizan como preguntas o bromas, pero el efecto es el mismo: la sospecha se naturaliza y se vuelve sentido común.
El carácter algorítmico de las plataformas potencia este proceso. Los contenidos que apelan al morbo, la burla o la indignación tienden a amplificarse más rápido que los argumentos complejos. Así, la desinformación sobre la salud de un dirigente se reproduce sin fricción, sin necesidad de pruebas y sin responsables visibles, erosionando la autoridad política de forma persistente y casi imperceptible.
No es un fenómeno nuevo ni exclusivo de la Argentina. Hillary Clinton fue sometida en 2016 a una lectura obsesiva de cada tropiezo o ataque de tos para instalar la idea de una enfermedad terminal. Joe Biden enfrentó una narrativa persistente sobre su “senilidad”, con formas de circulación, no de rumores calcados a los que hoy circulan sobre Milei. Hugo Chávez, Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner también atravesaron, en distintos momentos, oleadas de versiones sobre enfermedades ocultas o incapacidades inminentes, siempre con el mismo objetivo: generar sensación de vacío de poder.
El punto en común es claro. Estas operaciones no buscan informar, sino deshumanizar. Si el adversario está “enfermo” o “loco”, sus argumentos dejan de tener valor y su autoridad se desvanece sin necesidad de discutir políticas económicas, sociales o institucionales.
Cuando la política se convierte en diagnóstico el daño no incapacita a un presidente, con el tiempo y la reiteración, debilita la democracia.
