CUIDAR LA VIDA DESDE TODOS LOS FRENTES

Una mirada integral que una lo médico, lo social y lo político.

Cuidar la vida es mucho más que preservar la existencia biológica. Es sostener la posibilidad de que cada persona desarrolle su potencial, viva con dignidad y encuentre un entorno que la acompañe en cada etapa. Desde mi experiencia como médica y funcionaria he aprendido que la vida no se cuida sólo en los hospitales o en la legislatura: se cuida en el entramado que une a la salud, la educación, la economía, el ambiente y la cultura.

En los primeros minutos de vida de un recién nacido, cada detalle importa. La temperatura de la sala, la presencia de su madre, el acceso inmediato a la lactancia, la detección precoz de enfermedades. Pero también influyen las condiciones que están fuera del hospital: si esa madre tuvo controles prenatales, si cuenta con una vivienda digna, si tuvo acceso a una alimentación adecuada o si debió recorrer kilómetros para llegar al centro de salud. Esa experiencia me enseñó que la salud no empieza en el hospital: empieza en la sociedad.

Durante mucho tiempo, la medicina se pensó como un espacio aislado, centrado en el cuerpo y la enfermedad. Sin embargo, hoy sabemos que la salud es el resultado de múltiples determinantes sociales: el nivel educativo, el empleo, la vivienda, el ambiente, las redes de apoyo, la posibilidad de participar en la comunidad. Cuando cualquiera de esos hilos se corta, la vida se debilita.

Por eso, cuidar la vida exige una mirada integral. No alcanza con tratar las enfermedades si no se abordan las causas que las generan. Un niño que nace con bajo peso no es sólo un caso clínico: es un síntoma de una sociedad que no está garantizando igualdad de oportunidades. Una madre que llega sola al parto no sólo necesita atención médica: necesita acompañamiento, contención emocional y políticas públicas que reconozcan su vulnerabilidad.

El cuidado es una tarea colectiva. No es patrimonio exclusivo de las mujeres ni responsabilidad individual de las familias. Es una construcción social que requiere presencia estatal, compromiso comunitario y un entramado solidario que sostenga la vida desde antes del nacimiento hasta la vejez.

Desde la política, el desafío es transformar esa comprensión en decisiones concretas. Legislar también es una forma de cuidar. Cada ley, cada presupuesto, cada programa que diseñamos tiene un impacto en la salud y en la calidad de vida de las personas.

La política pública debe tener una mirada de ciclo vital. No se puede pensar la atención de la primera infancia sin articularla con la salud materna, la educación inicial, la alimentación o el acceso al agua. Tampoco se puede hablar de envejecimiento saludable sin incluir políticas de prevención, de recreación y de participación comunitaria.

El Estado tiene la responsabilidad de tejer esa red de cuidados. Pero para hacerlo, necesita escuchar a los territorios, dialogar con los equipos de salud, con las organizaciones sociales, con las universidades y con las familias. Las mejores políticas nacen del encuentro entre la evidencia científica y la experiencia cotidiana. En los debates legislativos solemos hablar de números: presupuestos, estadísticas, porcentajes. Pero detrás de cada cifra hay rostros, historias, vidas concretas. He aprendido que los proyectos más valiosos son los que logran conectar la técnica con la empatía.

La política no puede perder su dimensión humana. Si no está al servicio del bienestar, corre el riesgo de volverse un ejercicio vacío. Cuidar la vida desde lo político es también defender la salud pública, los sistemas de protección social, la educación gratuita y los derechos que garantizan igualdad de oportunidades.

En tiempos de incertidumbre, cuando la economía y las tensiones sociales parecen ocuparlo todo, es fundamental recordar que la verdadera riqueza de una comunidad está en su gente. La inversión en salud, educación y cuidado no es un gasto: es la base del desarrollo sostenible y equitativo.

Las crisis económicas, ambientales o institucionales ponen a prueba nuestra capacidad de cuidar. Cuando los recursos escasean, los más vulnerables son quienes más sufren. En los hospitales se multiplican las demandas, en los barrios crece la pobreza, en las familias aumenta el agotamiento.

Pero también, en esos momentos, florece lo mejor de la sociedad: la solidaridad, la creatividad, la organización comunitaria. He visto enfermeras que hacen milagros con pocos insumos, madres que se acompañan entre sí para amamantar, voluntarios que llevan salud y afecto a donde el Estado aún no llega. Esa red invisible de cuidado sostiene la vida cuando todo parece desmoronarse.

La tarea del Estado y de la política es no dejar sola a esa red. Potenciarla, reconocerla y garantizar que no dependa sólo del esfuerzo individual. Porque la salud y la vida no pueden quedar libradas al azar ni a la suerte de haber nacido en un lugar u otro.

Cuidar la vida no se reduce a la atención médica o a las políticas sociales. También es una cuestión cultural. Tiene que ver con cómo nos vinculamos, con los valores que transmitimos, con la forma en que entendemos el bienestar y el progreso. Vivimos en una sociedad que a veces valora más la productividad que el descanso, la competencia que la cooperación, la inmediatez que el tiempo compartido. En ese contexto, el cuidado puede parecer una pérdida de tiempo. Sin embargo, es todo lo contrario: es lo que hace posible que todo lo demás funcione.

Necesitamos una cultura del cuidado que atraviese la educación, los medios, la política y la vida cotidiana. Que reconozca que cuidar no es una tarea menor, sino un acto profundamente transformador. Cuidar implica escuchar, acompañar, mirar al otro como alguien digno de tiempo y de atención.

Como médica neonatóloga, aprendí a mirar la vida en su forma más frágil. Cada recién nacido es un universo de posibilidades. Pero también es el reflejo de las condiciones en las que nace una sociedad. Un parto humanizado, una incubadora disponible, una madre acompañada: esos son indicadores tan importantes como las estadísticas de crecimiento económico.

La medicina me enseñó a observar con precisión, pero la política me enseñó a mirar con amplitud. Cuando ambas miradas se integran, el cuidado se vuelve más completo. Lo médico aporta la evidencia, lo social aporta el contexto y lo político aporta la posibilidad de transformar esa realidad en políticas sostenibles.

Cuidar la vida desde todos los frentes no es una consigna, es una responsabilidad colectiva. Requiere sensibilidad, conocimiento y voluntad. Supone reconocer que todos somos parte del mismo entramado.

Cada gesto de cuidado, por pequeño que parezca, contribuye a sostener esa red: un saludo amable en un centro de salud, una ley bien pensada, un programa que llega a tiempo, una comunidad que acompaña a sus miembros más frágiles.

Si algo he aprendido a lo largo de los años es que la vida se fortalece cuando se la mira con ternura y con decisión. Ternura para entender lo que duele y decisión para transformarlo. Cuidar la vida es, en definitiva, un acto político, social y humano. Es la expresión más profunda de nuestra responsabilidad compartida. Es elegir, cada día, construir una sociedad donde todos tengan la oportunidad de nacer, crecer, vivir y envejecer con dignidad.

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