ANISOCORIA SOCIAL: CUANDO LA DESIGUALDAD SE VE EN EL CUERPO 

En medicina, la anisocoria es un signo clínico: una pupila más grande que la otra. A veces es benigna. A veces es la primera señal de que algo grave está ocurriendo. El cuerpo avisa. El organismo muestra una asimetría que obliga a mirar más de cerca. 

En la Argentina de hoy, y también en nuestra querida Provincia de Santa Fe, vivimos una forma de anisocoria social. Una desigualdad tan evidente que ya no hace falta buscarla en estadísticas sofisticadas: se ve en los cuerpos, en los barrios, en las trayectorias de vida. 

Cómo médica neonatóloga aprendí que el cuerpo no miente. Un recién nacido con bajo peso no es un número: es la expresión biológica de condiciones sociales previas. Es una madre con controles insuficientes, con anemia, con estrés crónico, con dificultades para acceder a una alimentación adecuada. Es un embarazo atravesado por la precariedad. La desigualdad, antes que concepto, es experiencia corporal. 

Durante años, la Argentina logró disminuir su mortalidad infantil. Fue una política de Estado sostenida, con articulación entre provincias y el Ministerio de Salud de la Nación, con inversión en vacunación, controles prenatales y fortalecimiento del primer nivel de atención. No fue casualidad. Fue decisión política basada en evidencia. 

Pero los indicadores sociales son sensibles. Cuando la pobreza crece, cuando los ingresos se deterioran, cuando el acceso a medicamentos se vuelve incierto, el impacto no tarda en aparecer. Y siempre aparece primero en los mismos cuerpos: en los más pequeños, en los más vulnerables, en quienes no votan ni hacen lobby. 

La anisocoria social se manifiesta de múltiples formas. En un mismo territorio conviven niños con acceso a estimulación temprana, controles pediátricos regulares y alimentación adecuada, y otros que llegan tarde al sistema de salud, con esquemas de vacunación incompletos o con diagnósticos demorados. Dos pupilas distintas dentro del mismo país. 

Y no se trata solo de ingresos. Se trata de infraestructura social. De transporte para llegar a un centro de salud. De equipos interdisciplinarios estables. De profesionales que no estén agotados ni precarizados. De políticas públicas que entiendan que el cuidado no es un gasto, sino una inversión estratégica. 

Como ex ministra de Salud aprendí que los sistemas sanitarios no se deterioran de un día para otro. Se erosionan lentamente cuando se fragmentan, cuando se debilita la rectoría, cuando se instala la idea de que cada quien debe resolver individualmente lo que es un derecho colectivo. Esa erosión no siempre es visible en el corto plazo. Pero el cuerpo social termina expresándola. 

Hay una dimensión ética en todo esto. En neonatología sabemos que los primeros mil días de vida son determinantes para el desarrollo cognitivo, emocional y físico. Lo que ocurre allí condiciona el futuro educativo, laboral y sanitario. Invertir en esa etapa no es solo una política sanitaria: es una política de desarrollo. 

Sin embargo, la infancia no suele ocupar el centro del debate público. Las urgencias macroeconómicas dominan la escena. Pero ninguna estabilización será sostenible si 

no se apoya en una base social saludable. Ningún proyecto de crecimiento puede consolidarse con generaciones que arrastran déficits nutricionales, dificultades de aprendizaje evitables o enfermedades prevenibles. 

La anisocoria social también atraviesa a quienes trabajan en el sistema de salud. Equipos sobrecargados, salarios que pierden poder adquisitivo, condiciones laborales inestables. Cuidar en contextos adversos tiene un costo emocional alto. Si no cuidamos a quienes cuidan, el sistema se vuelve frágil. Y cuando el sistema se fragiliza, la desigualdad se profundiza. 

En la Legislatura, muchas veces debatimos presupuestos en términos abstractos. Pero detrás de cada partida hay decisiones concretas sobre qué miramos y qué dejamos de mirar. La pregunta es sencilla y profunda a la vez: ¿qué pupila estamos observando? ¿La que refleja los sectores con mayor capacidad de protección o la que evidencia mayor vulnerabilidad? 

Una sociedad justa no es aquella donde todos tienen exactamente lo mismo, sino aquella que corrige activamente las asimetrías que ponen en riesgo la vida y el desarrollo. En salud pública eso significa priorizar el primer nivel de atención, garantizar acceso a medicamentos esenciales, sostener calendarios de vacunación completos, fortalecer la salud mental y proteger los programas materno-infantiles. 

No es ideología. Es evidencia. Los países que invierten de manera sostenida en cuidado temprano reducen desigualdades futuras, mejoran productividad y disminuyen costos sanitarios a largo plazo. Lo contrario también es cierto: desinvertir hoy multiplica problemas mañana. 

La anisocoria, en medicina, nos obliga a actuar rápido cuando sospechamos una causa grave. No esperamos a que el cuadro empeore para intervenir. En lo social debería ocurrir lo mismo. Cuando los indicadores muestran deterioro, cuando los equipos advierten dificultades crecientes, cuando las familias expresan angustia, es momento de fortalecer políticas, no de retirarlas. 

Como médica, sé que el diagnóstico es apenas el primer paso. Como legisladora, sé que la responsabilidad es transformar ese diagnóstico en norma, en presupuesto y en gestión. No alcanza con describir la desigualdad; debemos reducirla. 

La Argentina ha demostrado que puede hacerlo. Santa Fe también. Tenemos recursos humanos calificados, universidades públicas de excelencia, tradición sanitaria y capacidad de articulación territorial. Lo que necesitamos es decisión sostenida y una mirada estratégica que entienda que el desarrollo empieza antes del nacimiento. 

Si la anisocoria social es el signo, la desigualdad estructural es la causa. Y como en toda práctica clínica, tratar solo el síntoma no resuelve el problema de fondo. Necesitamos políticas integrales que articulen salud, educación, desarrollo social y trabajo. 

El cuerpo social está hablando. La pregunta es si estamos dispuestos a escucharlo. 

Porque, al final del día, la ética de una sociedad se mide en su capacidad de proteger la vida cuando es más frágil. Y allí, en esa primera mirada que recibe un recién nacido, se juega mucho más que un presente: se juega el futuro colectivo.

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