Siempre en enero, aprovechando algunos días de descanso, elegimos algunos libros que no tuvieron su espacio ni su tiempo durante el año. Hace pocos días realicé un posteo en mis redes sociales estimulando a recomendar libros y contando algo personal. Varias generaciones en mi familia se han dedicado a la literatura escribiendo, mientras otros y otras hemos desarrollado un profundo amor por los libros sin tener el don maravilloso de escribir, o al menos no lo hemos ejercido estudiando o practicando.
Mi tío y padrino Leonardo Natalio Fernández, a sus noventa jóvenes años, publicó recientemente una recopilación de sus obras inéditas como poesías, cuentos y hasta una obra de teatro. Sin lugar a dudas fue una de mis lecturas preferidas este enero. Mi madre, que me sigue guiando desde algún lugar seguro de mi corazón, fue bibliotecaria por más de veinticinco años en la Biblioteca Popular de mi pueblo, Los Quirquinchos. Mi hijo menor ya lleva varias ediciones de sus libros de literatura fantástica y estimula a muchos otros y otras, al igual que mi madre, con talleres literarios amenos, inteligentes y amorosos. En el resto de la familia nos encontramos los lectores curiosos, ávidos de aprender, sentir y vivir nuevas aventuras recorriendo líneas, párrafos y capítulos.
Lamentablemente, estas prácticas van decayendo si lo analizamos estadísticamente. Según publicaciones recientes en los Estados Unidos los adolescentes lectores superaban a los no lectores en una proporción de dos a uno en 1985. Mientras que hoy esa proporción se revierte y los no lectores superan a los lectores en una proporción de tres a uno en la misma franja etaria. ¿Será una tendencia generalizada?
En Argentina hay estadísticas que dicen que el 77% de los adolescentes lee libros, de hecho dicen los libreros que los jóvenes son los que más consultan títulos y novedades. Sin embargo el problema central sería la calidad de esa lectura (comprensión) y que la lectura está centrada en el ámbito escolar, pero el hábito no se sostiene fuera de él. En general hay muy pocos libros en los hogares y muchas pantallas. ¿Es lo mismo leer en papel que en pantallas? Este es un tema que se está estudiando en profundidad desde distintos aspectos, el cognitivo, el neurocientífico, el pedagógico y el del vínculo profundo y sostenido con la lectura. Ya lo veremos con el tiempo.
Sabemos que los períodos de la niñez y la adolescencia son cruciales para generar hábitos importantes para la formación y para la vida. Los adultos somos los responsables de esa transmisión generacional de hábitos y, porqué no, de pasiones como la lectura y la escritura. Está claro que debemos asumir el desafío de acompañar más y mejor a nuestras infancias, aún en contextos difíciles donde las horas de trabajo nos van consumiendo todos los tiempos. Hacer el esfuerzo vale la pena, se los aseguro.
Si mi padrino no me hubiera regalado tantos y tan buenos libros en mi adolescencia, quizás nunca me hubiera entusiasmado y amado la lectura. Si mi mamá no hubiera llevado tantas veces a mis hijos a la Biblioteca Popular y recomendado grandes autores, quizás hoy no tendríamos un apasionado escritor en la familia.
